Esta mañana volví a encontrar una poesía que no leía desde niño. Hacía más de cuarenta años que no pasaba mis ojos por aquellos versos y, sin embargo, cuando aparecieron frente a mí, algo dentro de mi memoria despertó inmediatamente. Todavía recordaba una de sus estrofas. La había llevado conmigo durante toda la vida sin saberlo.
Murmurando el arroyuelo
por el campo se desliza,
y su cuerpo fertiliza
el sediento y seco suelo.
Va corriendo hacia el océano
sin un punto de reposo,
y a su paso provechoso
da la vida al rubio grano.
Sus agüitas cristalinas,
donde saltan las piedritas,
van calmando las seditas
de las flores vecinas.
Y al llegar el tierno ocaso,
con la luna por testigo,
va cantando con su amigo
el mar dulce a cada paso.
Aquella fue la primera poesía que recité en mi vida.
El primer aplauso y el primer silencio
Yo cursaba el tercer grado cuando mi maestra, Miss Padilla, descubrió algo que ni siquiera yo conocía de mí mismo. Me entregó aquel poema y me pidió que lo leyera frente al salón. Lo hice con la naturalidad de un niño que todavía no sabe que está haciendo algo extraordinario. Pero cuando terminé, ella me miró con sorpresa y me dijo que tenía talento para la poesía, que sabía recitar, que debía participar en un concurso.
Por primera vez alguien nombraba algo que habitaba dentro de mí y que yo aún no podía comprender. Participé en aquel certamen y gané el primer lugar.
Recuerdo la alegría. Recuerdo el trofeo. Recuerdo la emoción de haber descubierto una capacidad que ni siquiera sabía que poseía. Pero también recuerdo lo que ocurrió después. Una de las niñas que competía conmigo comenzó a llorar porque tenía excelentes notas y aquella derrota afectaría su promedio académico. Entonces, la misma maestra que había descubierto mi voz decidió retirarme el reconocimiento y entregárselo a ella.
No guardo rencor por aquello. Los adultos toman decisiones complejas intentando resolver problemas que los niños todavía no entienden. Sin embargo, las heridas de la infancia no siempre obedecen a la lógica de los adultos.
La primera persona que encontró al poeta fue también la primera persona que lo silenció. Y el silencio duró muchos años.
Los intentos fallidos de la juventud
No volví a escribir ni a recitar hasta los catorce años. Fue durante una actividad en la iglesia. Alguien me pidió que preparara una poesía para un Domingo de Resurrección. Hasta hoy no sé por qué pensaron en mí. Yo nunca había hablado de aquel episodio de mi niñez ni había vuelto a mencionar la poesía. Sin embargo, escribí unos versos y los recité delante de la congregación.
La reacción fue hermosa.
Pero poco después un hombre llamado Arturo Ramos se acercó y me dijo que aquello no podía ser completamente mío. Me acusó de haber utilizado citas bíblicas y me aseguró que aquello no era verdadera poesía. Me humilló delante de otras personas y, nuevamente, el silencio regresó.
Pasaron otros años.
Cuando llegó mi primer noviazgo, volví a escribir. Esta vez escribía poemas de amor. Lo hacía desde la inocencia y desde la intensidad con la que se vive la juventud. Pero también aquella etapa terminó acompañada de otra petición que todavía recuerdo con claridad: me pidieron que dejara de escribir porque otras mujeres podrían enamorarse de mí a través de mis palabras.
Y otra vez guardé silencio. Quince años más.
Hoy, mirando hacia atrás, me resulta extraño observar cómo la poesía regresaba una y otra vez a mi vida y cómo, por distintas razones, siempre encontraba algún tipo de censura, externa o interna. No era una persecución organizada ni una tragedia monumental. Eran pequeños acontecimientos que, acumulados con el tiempo, terminaron construyendo la sospecha de que aquella voz debía permanecer escondida.
El nacimiento de Malvin El Poeta
Hasta que llegó el divorcio. Fue entonces, alrededor de mis treinta y cinco años, cuando algo cambió definitivamente. Volví a escribir. Pero esta vez lo hice con vergüenza.
Tenía una empresa exitosa, trabajaba intensamente y había construido una vida estable, pero sentía inseguridad respecto a mi escritura. Mi ortografía no era buena y me avergonzaba publicar lo que nacía de mi corazón. Comencé a escribir en papeles que luego extraviaba. Para no perderlos, abrí una cuenta de Facebook completamente privada. Escribía allí y no publicaba absolutamente nada. Era simplemente un archivo secreto donde podía guardar aquello que temía mostrar al mundo.
A veces compartía algún texto con amigos cercanos, casi en tono de broma. Y las respuestas siempre eran las mismas:
— Eso está profundo.
Aquellas palabras comenzaron a devolverme algo que había permanecido dormido durante décadas.
Poco a poco aprendí a escribir mejor. Me preocupé por la ortografía, por la lectura, por la estructura de los textos. Pero comprendí algo importante: la técnica llegó después del fuego. Primero apareció la necesidad de decir algo. Después llegaron las herramientas para expresarlo mejor.
Fue entonces cuando nació públicamente Malvin El Poeta. Y hoy comprendo que ese nombre no es un personaje ni una estrategia literaria. Es una reconciliación.
No significa simplemente que escribo poesía. Significa que la poesía sobrevivió.
- Sobrevivió a un trofeo retirado en tercer grado.
- Sobrevivió a la humillación de la adolescencia.
- Sobrevivió a los años de silencio voluntario.
- Sobrevivió a mis propias inseguridades.
- Sobrevivió incluso a mí mismo.
El regreso a casa y el agua que nunca se detiene
Hace algunos años, durante una celebración del Día Internacional de la Poesía, fui invitado como espectador. No estaba programado para recitar. Pero alguien mencionó mi nombre y me pidió que compartiera unos versos frente a poetas consagrados y críticos literarios. Recité. Y la recepción fue extraordinaria. Aquella noche sentí, por primera vez, que el niño que había perdido un trofeo en tercer grado finalmente había regresado a casa.
Más adelante conocí a un crítico literario español que leyó mis escritos y me envió unas palabras que jamás olvidaré. Me dijo que talentos así no se compraban en el mercado, como quien compra una paella. Me habló de un don recibido desde el nacimiento. Agradecí aquellas palabras, pero también le pedí a Dios lo mismo que Jabes pidió en la antigüedad: que su mano permaneciera sobre mí para que mi corazón no se dañara.
Porque el reconocimiento puede ser tan peligroso como el silencio si uno olvida de dónde proviene todo.
Y hoy, mientras releo aquella vieja poesía de Virgilio Dávila, descubro algo que jamás había comprendido cuando tenía ocho años.
El arroyuelo nunca se detiene. Murmura. Fertiliza. Da vida a su paso. Corre hacia el océano sin un punto de reposo.
Quizás mi vida como escritor ha sido exactamente así. Hubo piedras. Hubo sequías. Hubo largos períodos subterráneos donde parecía que todo había desaparecido. Pero el agua continuó avanzando.
Y tal vez esa sea la lección más hermosa que me dejó la primera poesía que recité en mi vida: la voz auténtica puede ser silenciada por temporadas, pero si pertenece verdaderamente al alma, encontrará otro cauce para continuar su camino. Como aquel arroyuelo que aprendí de niño, seguirá fertilizando la tierra que atraviesa hasta encontrarse finalmente con el mar.
Poema completo: “El Arroyuelo” de Virgilio Dávila
A continuación, comparto con ustedes los versos completos que marcaron el inicio de mi camino:
Murmurando el arroyuelo
por el campo se desliza,
y su cuerpo fertiliza
el sediento y seco suelo.Va corriendo hacia el océano
sin un punto de reposo,
y a su paso provechoso
da la vida al rubio grano.Sus agüitas cristalinas,
donde saltan las piedritas,
van calmando las seditas
de las flores vecinas.Y al llegar el tierno ocaso,
con la luna por testigo,
va cantando con su amigo
el mar dulce a cada paso.
– Malvin El Poeta
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