La diáspora, la redundancia privada y la red que terminó necesitándolas

Axioma:

Una patria servida lejos de casa

Esta mañana me detuve en la panadería El Cafetal, en Florida Central, para comprarme un café. Apenas entré, encontré esa pequeña reproducción de Puerto Rico que hemos levantado en la diáspora: los pastelillos, las empanadillas, los dulces y las estampas del Viejo San Juan.

Entonces sentí una nostalgia profunda.

Pensé en la narrativa política que invita al puertorriqueño a regresar para seguir construyendo el país. Pero inmediatamente surgieron dos preguntas:

Porque no basta con convocar al ciudadano mediante el recuerdo de su tierra. Hay que ofrecerle la base institucional sobre la cual pueda levantar nuevamente su vida. La nostalgia puede indicar el camino de regreso, pero no puede sustituir la electricidad, el agua, la seguridad, la educación ni la continuidad de los servicios esenciales.

Mientras tomaba el café recordé algo que había observado esa misma mañana: una bombilla encendida en mi casa.

Tengo luz en Estados Unidos.

No debería parecer extraordinario. Sin embargo, pensé en mis hermanos puertorriqueños que pierden el servicio eléctrico, en quienes encienden plantas, compran combustible o dependen de baterías, mientras continúan pagando por una red cuya continuidad no está garantizada.

La luz no me produjo orgullo. Me produjo dolor.

Muchos puertorriqueños no dejamos de amar a Puerto Rico.

Tuvimos que trasladar nuestra capacidad hacia lugares donde existiera la infraestructura mínima para desarrollarla.

Como si ya tuviéramos alas

Hace años, durante una celebración del Día Internacional de la Poesía, escribí apresuradamente un poema antes de subir al escenario. Lo titulé Como si yo tuviera alas.

  • “Me subes como la espuma; me dejas caer sin alas.”

Entonces la imagen pertenecía al amor. Hoy regresa dentro de una realidad institucional.

Puerto Rico invita al ciudadano a volver, emprender y levantar vuelo, pero antes tiene que demostrarle que no volverá a soltarlo desde las nubes como si ya tuviera alas.

El servido terminó comprándose las suyas.

Instaló placas solares, adquirió baterías y mantuvo plantas eléctricas.

No lo hizo inicialmente para convertirse en generador del Estado. Lo hizo para conservar alimentos, proteger equipos médicos, sostener negocios y permitir que su familia continuara viviendo cuando desapareciera el servicio que ya había pagado.

Las alas que comenzaron a sostener la red

La Ley 114 – 2007 obliga al ciudadano a instalar placas ni a participar en el Programa de Medición Neta.

El mandato inicial recae sobre el sistema eléctrico: debe permitir la interconexión y acreditar la energía exportada por quienes decidan ingresar.

Pero, una vez interconectado, el excedente no espera una autorización diaria.

Cuando la propiedad genera más electricidad de la que consume, la energía fluye automáticamente hacia la red mediante un contador bidireccional.

El cliente conserva el derecho a terminar el acuerdo y desconectar permanentemente su generación distribuida, notificándolo con veinte días de anticipación.

Por tanto, no estamos ante una confiscación energética.

Estamos ante una incorporación regulada del excedente privado: el ciudadano decide entrar, pero, mientras permanece conectado, la energía circula conforme a una arquitectura técnica, contractual y tarifaria que él no determina individualmente.

Durante el año fiscal, los kilovatios exportados se acreditan para compensar el consumo posterior del participante. Si permanece un sobrante al cierre de junio, LUMA informa que el cliente recibe 7.5 centavos por kilovatio-hora y otros 2.5 centavos se destinan a las cuentas del Departamento de Educación. El precio no lo establece unilateralmente LUMA, sino el Negociado de Energía; pero tampoco lo negocia el ciudadano que pagó las placas, las baterías, el financiamiento y el mantenimiento.

Ahí aparece la asimetría: el servido financia la capacidad, mientras el sistema administra el valor y el destino de su excedente.

Regresar requiere una base

Desde la Teoría del Servido, la electricidad no debe evaluarse únicamente por la capacidad nominal del sistema, sino por el resultado recibido en la casa del ciudadano. Una red puede presentar contratos, presupuestos y planes; pero si la bombilla no enciende, el procedimiento no sustituyó el servicio.

Tampoco puede pedírsele a la diáspora que regrese únicamente para reconstruir aquello que el servidor no protegió. El llamado tiene que estar acompañado por una base verificable: servicios estables, instituciones responsables y condiciones donde el esfuerzo pueda crecer sin ser castigado por la misma fragilidad que lo obligó a marcharse.

Cada kilovatio producido en una residencia lleva consigo el costo de una batería, una placa y la memoria de un apagón.

El servidor prometió sostener al servido. Cuando no pudo hacerlo, el servido construyó sus propias alas. Ahora esas alas también ayudan a sostener la red.

Máxima:


— Malvin El Poeta

El Universo del Centro

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