Salcedo, el elefante blanco y la conciencia que se negó a ser poseída

Representación filosófica de una institución religiosa terminada, la memoria del elefante blanco y una conciencia que conserva su autonomía frente al poder espiritual.

Axioma:

“Yo puedo destruirte”

Estaba dentro de CM Universal Tile, la tienda que había abierto en Coamo, cuando recibí la visita de un hombre a quien consideraba mi pastor y mi amigo.

No discutíamos ningún asunto controversial. No existía, al menos desde mi percepción, un conflicto que explicara las palabras que estaba a punto de pronunciar. Conversábamos con normalidad cuando, de momento, me dijo:

—Yo puedo destruirte si quiero. Puedo ponerte debajo de mis pies.

Me quedé mirándolo.

No sabía de dónde había salido aquella expresión.

Yo había ido a su casa, había tomado café con él, lo había escuchado predicar y había llegado a amarlo con sinceridad. No lo consideraba un enemigo.

Pero tampoco era la primera vez que enfrentaba la opresión espiritual de un hombre revestido de autoridad. En experiencias anteriores me había sometido. Había permitido que otra persona administrara espacios de mi conciencia que nunca le habían pertenecido.

Esta vez me encontró con experiencia.

—El Señor te reprenda. Vete de mi tienda —le respondí.

Lo expulsé de aquel espacio y no regresé a la iglesia.

No abandoné a Dios.

El elefante blanco

Mucho antes de aquella conversación, yo observaba una enorme construcción inconclusa cada vez que realizaba entregas por el área del desvío de Coamo. El edificio llevaba años sin terminarse. Se habían realizado préstamos y esfuerzos internos, pero el templo permanecía incompleto.

Tiempo después, un cliente llegó a mi tienda para comprar y me invitó a la iglesia que se reunía en la parte inferior de aquella estructura. Yo vivía en Coamo, pero asistía a una congregación en Ponce. La distancia comenzaba a pesarme, así que un día acepté la invitación.

Allí escuché predicar al pastor.

Interpreté que predicaba desde el corazón. Cuando posteriormente visitó mi tienda, me relató su llegada desde Jayuya y me explicó el plan que había diseñado para terminar la construcción.

Era un constructor extraordinario. Poseía ideas brillantes, comprendía la estructura y había desarrollado un proyecto que me pareció excelente. Solicité una carta para trasladarme de congregación y comencé a trabajar con ellos.

Durante aproximadamente tres meses dejé a otra persona encargada de CM Universal Tire para poder dedicarme a la construcción. No trabajé solo. El hermano José, Edwin y otros hombres entregaron tiempo, conocimiento y fuerza. Algunos ya estaban retirados, pero trabajaron duramente.

De mi tienda salieron las losas. Participé en la instalación, diseñé el altar y trabajé junto con los demás para transformar aquella estructura abandonada en una iglesia terminada.

También cantaba en la adoración.

Cuando finalmente inauguramos el templo, asistió el presidente del concilio. La iglesia quedó extraordinaria. Aquello que durante años había sido llamado el elefante blanco entró en una etapa de esplendor.

Habíamos presenciado lo que una comunidad podía construir cuando muchas manos servían a un mismo propósito.

Pero todo crecimiento exterior exige una vigilancia interior equivalente.

Como escribí en Las tumbas que no existen⁠:

  • “Cuando el espacio crece más rápido que la conciencia, la caída es inevitable”.

La estructura había crecido.

La pregunta era si la conciencia había crecido con ella.

El servido que se convierte en institución

Un pastor no es la fuente de la gracia. Es un ser humano que recibe una responsabilidad dentro de una comunidad de fe.

Frente a Dios, continúa siendo un servido: alguien necesitado de gracia, corrección, misericordia y salvación. Frente al feligrés, recibe el mandato de convertirse en servidor. Su autoridad no le fue entregada para elevar su humanidad sobre la de otros, sino para aumentar su responsabilidad hacia ellos.

Pero puede ocurrir una inversión.

El servidor recibe una función. La función le concede autoridad. La autoridad le proporciona reconocimiento. El reconocimiento comienza a confundirse con identidad. Finalmente, la persona interpreta el poder delegado como si fuera una capacidad nacida de sí misma.

Deja de hablar como administrador y comienza a hablar como propietario.

Eso es el servido institucionalizado:

Es quien continúa subordinado ante la estructura que le concede autoridad, pero se convierte en representación de esa estructura frente a quienes quedan debajo. Cuando se apropia de la autoridad recibida, reproduce sobre otros servidos el dominio al cual él mismo continúa sujeto.

No deja de ser vulnerable. No se convierte realmente en fuente ni en soberano.

Solamente adquiere una posición desde la cual puede hacer servir a otros.

La institución que viajó dentro del barco

Esta estructura no comenzó en una iglesia de Coamo.

Cuando los marineros españoles atravesaron el océano, no viajaron como hombres independientes. Dentro de las embarcaciones también viajaban una Corona, una Iglesia, una legislación, una economía, unas armas y una interpretación del mundo.

Los navegantes eran servidos dentro de una orden institucional. Respondían a capitanes, contratos, jerarquías y mandatos que se originaban por encima de ellos. Pero al llegar al territorio habitado por los taínos, comenzaron a representar la institución frente a otro pueblo.

Eran subordinados ante la Corona, pero autoridad ante el indígena.

Servidos hacia arriba.

Institución hacia abajo.

La superioridad técnica y militar comenzó a presentarse como si fuera superioridad humana, moral y hasta divina. Los taínos poseían caciques, comunidades, agricultura, navegación, espiritualidad y sistemas complejos de supervivencia. No eran un espacio vacío esperando ser civilizado.

Sin embargo, la institución recién llegada poseía la capacidad de proclamar, documentar, legislar y apropiarse. Quien escribía el expediente también adquiría el poder de determinar cómo sería recordado el encuentro.

La institución convirtió el territorio en posesión, la vida en mano de obra y la resistencia en desobediencia.

Salcedo y la institución mortal

El relato tradicional sobre Diego Salcedo representa el momento en que esa distancia fue sometida a prueba.

Según las crónicas, el cacique Urayoán ordenó que Salcedo fuera ahogado en el río Guaroabo, hoy río Grande de Añasco, para comprobar si los españoles eran inmortales.

El expediente histórico sobre la rebelión taína⁠ advierte que la creencia generalizada en la inmortalidad española pudo haber sido magnificada por los cronistas. No podemos afirmar que todo el pueblo taíno la compartiera uniformemente.

  • Pero el relato conserva una verdad filosófica.

El poder parece divino mientras el servido no pueda acercarse lo suficiente para examinarlo.

Salcedo murió como mueren los hombres.

El agua no ahogó únicamente a un colonizador. Ahogó la apariencia de superioridad absoluta que la distancia había construido alrededor de él.

El servido descubrió que la institución sangraba, respiraba y podía ser vulnerada.

No porque toda autoridad deba destruirse, sino porque ninguna autoridad humana debe ser adorada.

Como escribí en Las tumbas que no existen:

El uniforme y el personaje institucional

En 1971, el llamado Experimento de la Prisión de Stanford⁠ asignó a jóvenes los papeles de guardias y prisioneros dentro de una cárcel simulada. El estudio, previsto para dos semanas, terminó al sexto día después de que la situación se degradara y algunos participantes que representaban a los guardias comenzaran a ejercer tratos humillantes.

Durante años se presentó como prueba de que una persona común podía transformarse rápidamente cuando recibía poder.

Sin embargo, investigaciones posteriores cuestionaron seriamente su metodología. Los guardias habían recibido orientaciones que comunicaban expectativas de hostilidad; no todos se comportaron abusivamente y la conducta observada no fue completamente espontánea. Una revisión publicada en ⁠American Psychologist⁠ examinó estas limitaciones.

La crítica no elimina el valor filosófico de la comparación. Lo vuelve más preciso.

El uniforme no produce automáticamente al opresor. La institución también puede escribir el personaje que espera que su representante interprete.

Le entrega un nombre, una función, un espacio, un lenguaje y un grupo sobre el cual ejercer autoridad. Algunos interiorizan el papel. Otros conservan suficiente conciencia para resistirse.

Por eso no podemos atribuirlo todo al sistema ni todo al individuo.

La institución construye condiciones.

La conciencia decide cómo responder dentro de ellas.

Cuando la gracia es convertida en propiedad

Jesús no entregó autoridad a sus discípulos para que se divinizaran frente a los demás. Les dijo: “De gracia recibisteis, dad de gracia”. Aquello que habían recibido gratuitamente no podía convertirse en propiedad privada ni en instrumento de sometimiento.

En Marcos 10:42-45⁠, Jesús contrasta a quienes se enseñorean de las naciones con el modelo que establece para sus discípulos: quien quiera hacerse grande deberá servir.

Por eso la frase pronunciada dentro de mi tienda contenía una inversión teológica completa.

El pastor que debía servir dijo que podía destruir.

La gracia deja de ser gracia cuando quien la administra intenta convertirse en su dueño.

El templo había sido levantado por muchas manos, pero la amenaza fue pronunciada en singular:

“Yo puedo destruirte”.

Aquel “yo” absorbía momentáneamente el trabajo de los hermanos, el reconocimiento del concilio, el esplendor del edificio, la autoridad pastoral y la representación de Dios.

No era necesario que aquel hombre fuera completamente falso ni que todo lo bueno que había hecho dejara de existir. Precisamente ahí se encuentra el peligro.

Una persona puede poseer capacidades extraordinarias, realizar obras valiosas y hablar sinceramente en muchos momentos. Nada de eso la inmuniza contra la tentación de confundirse con el poder que ejerce.

Y cito nuevamente Las tumbas que no existen escribí:

Una iglesia puede comenzar protegiendo la conciencia y terminar protegiendo la posición de quien la dirige.

La tercera experiencia encontró otra conciencia

Aquella no había sido mi primera experiencia de opresión espiritual. Años antes, otro pastor intentó someterme y yo me subordiné.

Pero las experiencias anteriores me habían enseñado que Cristo no me libertó para colocar mi conciencia bajo el dominio absoluto de otro ser humano.

La tercera experiencia encontró a otro Malvin.

Cuando aquel pastor me dijo que podía destruirme, no tuve que esperar años para reconocer la grieta. Mi conciencia reaccionó antes de que la autoridad pudiera instalarse dentro de ella.

Lo expulsé de mi tienda y no regresé a la congregación.

Muchas personas me preguntaron qué había ocurrido. No inicié una campaña contra él. No intenté destruir su ministerio ni devolverle públicamente la amenaza. Guardé silencio y continué mi camino.

La vigilancia no me obligó a convertirlo en enemigo.

Me permitió establecer un límite.

Como dije en Las tumbas que no existen:

La institución también puede volverse servida

Ninguna persona permanece para siempre en una sola posición.

Un policía representa al Estado frente al ciudadano, pero continúa subordinado a reglamentos, supervisores y leyes. Una empleada escolar puede ser servida frente a la administración y convertirse en institución frente a un niño de segundo grado. Un presidente representa la autoridad de una nación, pero puede convertirse en objetivo vulnerable cuando la propia institución es atacada.

Durante los atentados del 11 de septiembre de 2001, George W. Bush ocupaba la presidencia de Estados Unidos. Sin embargo, ante la incertidumbre sobre la extensión de los ataques, incluso el Air Force One —símbolo de seguridad y poder— se convirtió en un espacio de vulnerabilidad.

El presidente continuaba representando el poder, pero también se había convertido en servido de un sistema de protección que intentaba mantenerlo con vida.

Esto demuestra que la Teoría del Servido no clasifica permanentemente a unas personas como poderosas y a otras como vulnerables.

Describe posiciones que pueden cambiar dentro de cada relación.

Quien hoy representa la institución puede necesitar mañana aquello que la institución prometió ofrecer.

Por eso toda autoridad necesita memoria de su propia vulnerabilidad.

La metavigilancia

La vigilancia tradicional observa procedimientos, órdenes y resultados. La metavigilancia añade una segunda mirada: la conciencia se observa a sí misma mientras recibe, presencia o ejerce poder.

No pregunta únicamente qué estoy haciendo.

También pregunta:

La metavigilancia también corresponde al receptor y al observador. Cuando presenciamos la caída de alguien y nuestro corazón se alegra, podemos institucionalizarnos emocionalmente aunque no tengamos cargo, placa, uniforme ni altar.

En Las tumbas que no existen dice:

La metavigilancia no elimina la autoridad. Impide que quien la ejerce olvide su propia humanidad.

No busca paralizar al servidor.

Busca evitar que se convierta en dueño del servido.

La conciencia que no entrego nuevamente

Hoy asisto en Estados Unidos a Fuente de Vida Eterna, la iglesia que pastorea mi hermano. Lo considero un hombre extraordinario. Pero las experiencias vividas me enseñaron a conservar un límite.

Esa distancia no representa ausencia de amor ni rechazo de la comunidad. Representa responsabilidad sobre mi vida de fe.

La autoridad espiritual puede acompañar la conciencia, pero no puede poseerla.

Ese es el límite que no comprendí en mis primeras experiencias y que finalmente pude establecer dentro de CM Universal Tile.

No salí de aquella iglesia porque hubiera dejado de creer.

Salí porque me negué a convertir la fe en subordinación humana.

En Las tumbas que no existen escribí:

“La vigilancia no promete estabilidad. Promete lucidez”.

La lucidez no siempre conserva nuestras relaciones. Algunas veces nos obliga a reconocer que una estructura que ayudamos a levantar ya no puede convertirse en la casa de nuestra conciencia.

Y aquí gano otra máxima:

  • El servido institucionalizado no es necesariamente un monstruo ni una persona que siempre actuó desde la maldad. Puede ser un constructor brillante, un líder admirado, un servidor dedicado o alguien que originalmente recibió una responsabilidad legítima.

El peligro comienza cuando deja de distinguir entre su humanidad y la institución que representa.

Por eso, todo servidor debe recordar que la autoridad recibida no lo eleva por encima de la humanidad del servido. Aumenta su responsabilidad hacia ella.

Y una más; Máxima:

Y mientras exista una conciencia capaz de vigilar sin dominar, todavía será posible interrumpir la repetición.

Y aquí te regalo una última cita, de Las tumbas que no existen:


— Malvin El Poeta

El Universo del Centro


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