Cuando la profecía deja de advertir al poder y comienza a utilizarse como permiso para destruir

Un manuscrito antiguo bajo una sombra, frente a una ciudad al anochecer: la profecía bajo la sombra de la guerra.
Un manuscrito antiguo bajo una sombra, frente a una ciudad al anochecer: la profecía bajo la sombra de la guerra.

Axioma:

La conversación había comenzado con un barril de petróleo y terminó delante del Apocalipsis.

Mientras trabajaba una máquina sobre el piso, hablábamos acerca del clima, la energía solar, las baterías, el petróleo y la dependencia creada alrededor del estrecho de Ormuz. Yo defendía la necesidad de desarrollar alternativas energéticas que impidieran que una nación extranjera pudiera controlar, mediante una ruta marítima, el costo de transportarnos, trabajar y producir.

Entonces la conversación cambió.

De la necesidad de reducir la dependencia pasamos a una propuesta de fuerza: bombardear a Irán hasta someterlo, eliminar a sus principales dirigentes, colocar otros gobernantes y transformar la educación de sus niños para producir un cambio generacional.

Después apareció el Apocalipsis.

Mi interlocutor me invitó a leerlo porque, según explicó, allí se encuentra lo que debe ocurrir durante los últimos tiempos.

Él nunca afirmó literalmente que Dios aprobara el exterminio de una población. Tampoco sería justo atribuirle una doctrina completa a partir de una conversación informal. Sin embargo, el orden de la narrativa levantó en mí una bandera roja: primero se propone la destrucción; después se presenta la profecía como explicación de su necesidad.

Aunque esa no haya sido su intención, la secuencia puede producir una conclusión peligrosa: si el Apocalipsis anuncia una confrontación final, entonces acelerar la confrontación podría interpretarse como colaboración con la voluntad de Dios.

Ahí comienza el problema que debemos examinar.

Cuando el argumento se vuelve invulnerable

Antes de llegar a la guerra, la conversación había recorrido numerosas afirmaciones sobre el carbono, los científicos, las eras geológicas, el tamaño de los animales, la energía solar y la contaminación.

Algunas contenían fragmentos ciertos mezclados con conclusiones que no estaban demostradas. La Tierra ha atravesado variaciones climáticas naturales. Las plantas necesitan dióxido de carbono. La fabricación de paneles solares y baterías puede generar impactos ambientales. Las instituciones científicas también deben ser fiscalizadas.

Pero ninguna de esas verdades parciales demuestra que el calentamiento actual sea ficticio, que reducir emisiones mate al planeta o que una conspiración económica explique el consenso científico.

La estructura del razonamiento se vuelve especialmente difícil de examinar cuando cualquier evidencia contraria queda invalidada de antemano: si los científicos contradicen la teoría, es porque el Gobierno les paga; si guardan silencio, su silencio la confirma; y si publican sus investigaciones, sus resultados también pueden descartarse como producto del financiamiento.

La metavigilancia exige observar a los científicos, sus métodos, financiadores y posibles conflictos de interés. Pero también debe vigilar a quien acusa. Desconfiar de una institución no convierte automáticamente en verdadera la explicación contraria.

Del recurso al enemigo

La vulnerabilidad energética es real. Si una ruta estratégica puede alterar el suministro mundial de petróleo, también puede afectar el precio del combustible, el transporte, los alimentos y la vida cotidiana del servido.

Sin embargo, reconocer ese peligro no obliga a convertir toda una nación en enemigo absoluto.

En la conversación surgió una fórmula aparentemente sencilla: eliminar a los dirigentes, dejar tranquilo al pueblo y colocar nuevas autoridades. Pero una guerra no obedece la división limpia que cabe dentro de una oración.

Las explosiones interrumpen hospitales, carreteras, electricidad, agua, escuelas, cadenas de alimentos y sistemas de comunicación. Las consecuencias alcanzan a personas que nunca diseñaron una política exterior ni participaron en una operación militar.

Incluso el derecho internacional distingue entre quienes participan en las hostilidades y quienes conservan protección civil. Un funcionario político o administrativo no se convierte automáticamente en objetivo militar por ocupar un cargo. La distinción, la necesidad militar y la proporcionalidad continúan siendo obligaciones, aun cuando exista un conflicto armado.

La Carta de las Naciones Unidas también prohíbe, como regla general, el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de otro Estado, con excepciones limitadas como la legítima defensa.

Desde la Teoría del Servido, la pregunta no termina en quién gobierna después del ataque. Debe llegar hasta la persona que recibe sus consecuencias:

La intención proclamada no sustituye el resultado recibido.

Los niños convertidos en territorio

La propuesta adquirió otra dimensión cuando se planteó cambiar la educación de los niños para transformar la sociedad en una generación.

Toda educación transmite conocimientos, valores, memoria e identidad.

Una sociedad tiene derecho a revisar las ideas mediante las cuales forma a sus ciudadanos, especialmente cuando una estructura educativa normaliza el odio o la violencia.

Pero existe una diferencia entre educar para ampliar la libertad y utilizar al niño como territorio sobre el cual el vencedor escribe su propia civilización.

Si primero se elimina al liderazgo, luego se instala otro gobierno y finalmente se reorganiza la conciencia de los niños, el menor deja de ser servido por la educación. Se convierte en material estratégico de una victoria.

El niño no existe para prolongar la ideología del régimen derrotado ni para reproducir automáticamente la del vencedor.

Trabajo terminado de re Graut

La educación debe ofrecerle herramientas para conocer, discernir, preguntar y construir sin quedar encerrado en el miedo heredado de los adultos.

Cuando entra el Apocalipsis

El Apocalipsis no fue escrito para entregarles a los imperios una autorización religiosa para actuar como Dios.

Es un texto de resistencia, juicio, esperanza y revelación dirigido a comunidades que vivían bajo el peso del poder imperial. Sus imágenes desenmascaran la arrogancia de los reinos que se presentan como absolutos. La bestia, Babilonia y los poderes que persiguen no reciben una licencia: quedan expuestos y sometidos a juicio.

Convertir ese libro en justificación para bombardear, eliminar gobernantes o acelerar una confrontación invierte su dirección moral. La advertencia dirigida contra la soberbia del poder termina utilizada por el propio poder para justificar su expansión.

La Biblia establece repetidamente una separación entre lo que Dios conoce, permite o anuncia y aquello que el ser humano queda autorizado a ejecutar.

Cuando los discípulos quisieron hacer descender fuego sobre una aldea samaritana, Jesús no celebró su celo profético: los reprendió. Cuando Pablo habló de la venganza, no se la entregó al creyente; recordó que el juicio pertenece a Dios. Y en la parábola del trigo y la cizaña, los siervos no recibieron permiso para arrancar inmediatamente todo lo que juzgaban perjudicial, porque podían destruir también aquello que pretendían proteger.

La profecía describe el límite del poder; no entrega al poder una licencia para imitar el juicio.

La licencia apocalíptica

Podemos llamar licencia apocalíptica, provisionalmente, al uso de una profecía, un símbolo religioso o una expectativa sobre el fin para presentar una decisión humana violenta como inevitable, necesaria o indirectamente aprobada por Dios.

El concepto todavía debe probarse en otros casos antes de incorporarse definitivamente al canon de la Teoría del Servido. Sin embargo, permite identificar un desplazamiento concreto de responsabilidad.

La frase “esto tiene que suceder” puede producir una suspensión de la conciencia.

Si todo está profetizado, la decisión humana parece perder importancia.

Pero la responsabilidad moral no desaparece porque una persona coloque su decisión dentro de una narrativa profética.

Si un acontecimiento realmente forma parte de lo anunciado por Dios, Él no necesita que fabriquemos su cumplimiento mediante la crueldad, el odio o la eliminación indiscriminada. Y si nuestra interpretación está equivocada, habremos llamado obediencia a una violencia nacida de nosotros mismos.

El servido debajo de la profecía

La Teoría del Servido debe entrar también en la interpretación religiosa.

No para juzgar la fe, sino para preguntar quién recibe las consecuencias cuando una lectura profética se convierte en política pública, estrategia militar o permiso moral.

La profecía puede llamar al creyente a permanecer fiel, resistir el mal, proteger al inocente y vigilar el poder. Pero cuando se utiliza para eliminar la responsabilidad humana, el servido queda atrapado entre una bomba lanzada por el hombre y una explicación atribuida a Dios.

Este análisis tampoco prueba que mi interlocutor deseara esa conclusión. La metavigilancia me obliga a no convertir mi impresión en acusación. Su conversación contenía preocupaciones legítimas sobre la energía, la seguridad y el fanatismo político. Mi deber no es fabricar un enemigo a partir de quien estaba hablando conmigo.

Pero también debo examinar el efecto de las palabras.

El juicio que no nos pertenece

El Apocalipsis no necesita hombres impacientes que lo aceleren.

Necesita conciencias capaces de permanecer despiertas cuando los imperios intentan utilizar a Dios para justificar aquello que ya habían decidido hacer.

Podemos enfrentar amenazas, proteger a las comunidades, defender la vida y resistir estructuras violentas. Pero cada decisión debe continuar sometida a evidencia, límites, responsabilidad y examen moral.

Dios no necesita que defendamos su soberanía usurpando su lugar.

Máxima:


— Malvin El Poeta

El Universo del Centro



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