Power Expectations, PREPA y la arquitectura de una responsabilidad que se fragmenta mientras el proceso continúa

Axioma:

Cuando la información, la autoridad y la responsabilidad están repartidas entre instituciones diferentes, un sistema puede continuar funcionando aun después de haber detectado aquello que debió obligarlo a detenerse.

Una entrevista después de mi ensayo

Hay momentos en que una idea nace primero como abstracción y, casi inmediatamente después, la realidad parece ofrecer una escena donde verla funcionar. Eso fue, en cierta medida, lo que ocurrió mientras observaba una entrevista de Jugando Pelota Dura relacionada con la controversia del contrato de generación temporera otorgado a Power Expectations, Reyes Contractor y Enchanted Rock. Venía de trabajar sobre otra reflexión acerca de las sustituciones, la fragmentación del poder y esa imagen que he utilizado para describir determinados sistemas modernos: mil cabezas que cortar. Muchas oficinas, muchas competencias, muchas firmas, muchas jurisdicciones y, cuando finalmente llega el momento de preguntar quién responde por el resultado completo, una dificultad extraordinaria para encontrar una sola cabeza sobre la cual colocar toda la responsabilidad.

La entrevista me llamó la atención precisamente por eso. Osvaldo Carlo Linares, presidente de la oficina que intervino en el proceso de contratación, respondía las preguntas de Ferdinand Pérez y de un panel que insistía en regresar una y otra vez al mismo punto: si habían surgido alegaciones graves relacionadas con uno de los componentes fundamentales del grupo seleccionado, ¿qué ocurrió después?, ¿quién lo sabía?, ¿quién tenía que actuar?, ¿por qué continuó el proceso?, ¿quién podía detenerlo? Carlo contestaba desde el procedimiento, desde las competencias institucionales, desde la naturaleza contractual de determinadas decisiones. Los entrevistadores intentaban devolver la conversación hacia la responsabilidad. La conversación iba y regresaba.

Por momentos parecía que cada contestación abría otra puerta institucional antes de cerrar la anterior.

Pero había una diferencia importante entre mirar aquella entrevista como una discusión política y mirarla después de abrir los documentos. Una entrevista permite escuchar versiones. Un expediente permite ordenar fechas. Y cuando comenzamos a colocar la transcripción junto a las comunicaciones de la Junta de Supervisión Fiscal, las determinaciones sobre el contrato y la secuencia de acontecimientos, apareció algo más interesante que cualquier acusación apresurada. Apareció una pregunta sobre la arquitectura misma del poder público: ¿qué sucede cuando una información suficientemente grave para provocar una investigación entra en una parte del sistema, mientras otras partes del mismo sistema continúan procesando aquello que esa información podría poner en cuestión?

Eso es lo que intentaré examinar aquí. No corresponde a este ensayo determinar quién cometió un delito, quién falsificó una firma o cuál será el resultado de las investigaciones referidas a las autoridades. Las fuentes que tenemos no permiten adjudicar esas responsabilidades. Sí permiten, en cambio, reconstruir una secuencia institucional extraordinariamente reveladora. Y esa secuencia merece ser observada sin gritos, sin camisetas partidistas y sin la necesidad de decidir de antemano quién debe ser el villano. Porque quizás el problema que aparece frente a nosotros sea más complejo que un villano.

Quizás estamos viendo la hoguera en tiempo real.

Antes de la sustitución hay que entender qué se estaba sustituyendo

El punto de partida parece sencillo. PREPA buscaba capacidad de generación temporera a gran escala. El proyecto contemplaba aproximadamente 400 megavatios y, según la documentación de la Junta, podía representar compromisos de alrededor de $5.9 mil millones durante un término de diez años. Power Expectations, LLC, Reyes Contractor, LLC y Enchanted Rock fueron seleccionados como parte del grupo que ejecutaría el proyecto. Pero las tres compañías no llegaban al expediente con las mismas credenciales ni desempeñaban la misma función dentro de la propuesta.

Este detalle es fundamental para comprender todo lo que ocurre después. Según la propia Junta, Power Expectations y Reyes Contractor no habían demostrado experiencia previa en proyectos comparables de generación energética. Enchanted Rock, en cambio, aportaba la capacidad técnica, operacional y financiera que ayudaba a sostener la cualificación del grupo. Posteriormente, al revisar lo ocurrido, la Junta fue todavía más lejos: indicó que, sobre la base del expediente presentado, Power Expectations y Reyes Contractor no habrían cualificado sin Enchanted Rock.

Por eso sería un error comenzar esta historia diciendo simplemente que una compañía fue sustituida por otra. Antes de preguntar quién sustituyó a quién, tenemos que preguntarnos qué función cumplía aquello que fue sustituido. No es lo mismo reemplazar una pieza periférica de una relación contractual que reemplazar una pieza cuya experiencia, capacidad y fortaleza financiera contribuyeron a que el conjunto pudiera ser considerado cualificado. La diferencia parece pequeña cuando se escribe en lenguaje administrativo —assignment, assumption, sustitución de una parte—, pero se vuelve enorme cuando regresamos al proceso competitivo original. Porque si determinada capacidad ayudó materialmente a obtener una adjudicación, entonces su desaparición posterior plantea inevitablemente una pregunta: ¿continúa siendo sustancialmente el mismo grupo que fue evaluado y seleccionado?

Por eso sería un error comenzar esta historia diciendo simplemente que una compañía fue sustituida por otra. Antes de preguntar quién sustituyó a quién, tenemos que preguntarnos qué función cumplía aquello que fue sustituido. No es lo mismo reemplazar una pieza periférica de una relación contractual que reemplazar una pieza cuya experiencia, capacidad y fortaleza financiera contribuyeron a que el conjunto pudiera ser considerado cualificado. La diferencia parece pequeña cuando se escribe en lenguaje administrativo —assignment, assumption, sustitución de una parte—, pero se vuelve enorme cuando regresamos al proceso competitivo original. Porque si determinada capacidad ayudó materialmente a obtener una adjudicación, entonces su desaparición posterior plantea inevitablemente una pregunta: ¿continúa siendo sustancialmente el mismo grupo que fue evaluado y seleccionado?

No estoy formulando aquí una conclusión jurídica. Estoy señalando la pregunta que surge del propio expediente. Y lo extraordinario es que esa pregunta terminaría siendo formulada también por la Junta.

Dos días

El contrato fue ejecutado el 10 de junio de 2026.

Dos días después, el 12 de junio, se ejecutó un Assignment and Assumption Agreement mediante el cual el interés contractual atribuido a Enchanted Rock sería transferido a Flotek Industries. Según la reconstrucción posterior de la Junta, ésta desconocía en aquel momento esa sustitución y no tuvo conocimiento del consentimiento otorgado por PREPA hasta el 5 de agosto.

Conviene detenerse en esos dos días, no porque la cercanía temporal pruebe por sí sola irregularidad alguna —no la prueba—, sino porque cambia la pregunta que debemos hacer. Si una empresa cuya capacidad fue material para cualificar una propuesta abandona o es sustituida prácticamente inmediatamente después de la ejecución contractual, resulta razonable preguntar qué evaluación debía producirse antes de permitir que otra compañía ocupara su lugar. ¿Bastaba con determinar que la sustituta podía cumplir determinadas obligaciones? ¿Era necesario regresar a las condiciones sobre las cuales se había adjudicado originalmente? ¿Hasta qué punto una cláusula contractual de sustitución puede modificar la composición de un grupo sin alterar sustancialmente aquello que ganó la competencia?

La propia Junta terminaría sosteniendo que Flotek no había participado en el proceso competitivo original y que incorporarla posteriormente no preservaba la adjudicación tal como había sido evaluada y aprobada.

Aquí aparece la primera dimensión profunda de la sustitución. En el lenguaje cotidiano sustituir significa colocar una cosa donde estaba otra. Pero institucionalmente una sustitución puede ser mucho más que eso. Puede conservar la forma jurídica de un contrato mientras transforma parte de la realidad material sobre la cual ese contrato nació. El documento puede continuar llamándose igual. El proyecto puede conservar su nombre. El número del contrato puede permanecer intacto. Las cláusulas pueden seguir allí. Y, sin embargo, uno de los elementos que ayudó a justificar la selección original puede haber cambiado.

Ésta es una de las razones por las que los documentos importan tanto. La sustitución administrativa puede parecer una nota al margen hasta que regresamos al expediente de adjudicación y preguntamos por qué estaba allí la compañía sustituida en primer lugar.

El 16 de junio cambia la naturaleza de la historia

Cuatro días después de aquel acuerdo de sustitución aparece otro momento decisivo.

Según la reconstrucción documental de la Junta, el 16 de junio el abogado general de Enchanted Rock comunicó a P3A alegaciones relacionadas con “potential misconduct and possible criminal conduct”. La comunicación fue remitida ese mismo día al presidente de 3PPO. Según la carta de la junta de Supervisión Fiscal del 17 de Agosto de 2026

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Aquí debemos ser extraordinariamente cuidadosos con las palabras. Una alegación no es una convicción. Una sospecha no es una sentencia. Que una institución reciba información sobre posible conducta criminal no demuestra que dicha conducta haya ocurrido ni identifica automáticamente a una persona culpable. Confundir esos niveles sería convertir una investigación documental en una acusación.

Pero reconocer esa limitación no disminuye la importancia del 16 de junio. La aumenta.

Porque desde ese momento la pregunta ya no es únicamente qué ocurrió antes de firmar el contrato. Ahora tenemos que preguntar qué hizo el sistema después de recibir una alegación considerada suficientemente seria para investigar.

Esa distinción es crucial. Hay una enorme diferencia entre una institución que toma una decisión sin conocer una posible irregularidad y una arquitectura institucional dentro de la cual alguna de sus partes ya posee información relevante mientras otras decisiones continúan ocurriendo. No necesariamente porque exista una conspiración. No necesariamente porque alguien haya ordenado ocultar algo. Puede ocurrir por división de competencias, por procedimientos paralelos, por fallas de comunicación, por interpretaciones jurídicas distintas o por una combinación de todas ellas. Precisamente por eso resulta intelectualmente más inquietante.

Porque entonces el problema deja de depender de encontrar un hombre malo en una habitación.

El problema puede estar en cómo viaja —o no viaja— la información entre las habitaciones.

La hoguera siguió caminando

Aquí es donde el expediente adquiere una fuerza que ninguna metáfora podría fabricar.

Esto es bien importante. La Junta señaló posteriormente que, mientras las alegaciones eran suficientemente serias para provocar investigación y eventual referido a las autoridades, el proceso contractual continuó y se obtuvo consentimiento para incorporar un nuevo Seller mientras aquella investigación permanecía abierta.

Leído rápidamente, puede parecer otra disputa administrativa. Leído despacio, contiene el corazón completo del problema.

Eso no demuestra por sí mismo que continuar fuera ilegal. Tampoco demuestra que cada organismo conociera todo lo que conocían los demás. De hecho, esa segunda posibilidad es precisamente lo que hace el asunto tan importante. Porque si diferentes organismos poseían diferentes fragmentos de información mientras ejercían diferentes fragmentos de autoridad, entonces hemos encontrado algo más complejo que una posible irregularidad contractual. Hemos encontrado una arquitectura en la cual la capacidad de saber y la capacidad de decidir pueden encontrarse separadas.

Una hoguera no necesita que cada leño haya producido la primera chispa. Tampoco necesita que todos los leños conozcan el origen del fuego. Basta con que el calor pueda transmitirse de uno al siguiente. Una parte recibe. Otra sostiene. Otra transmite. Y cuando finalmente preguntamos cuál de ellas produjo el incendio completo, descubrimos que la pregunta quizá estaba mal formulada.

PREPA y la pregunta decisiva: ¿qué sabía cuando decidió?

PREPA ocupa una posición central precisamente porque la sustitución necesitaba pasar por ella. Según el expediente reproducido por la Junta, PREPA posteriormente sostuvo que no conocía las alegaciones cuando otorgó su consentimiento a la sustitución.

Si aceptamos esa afirmación como parte del expediente —sin convertirla todavía en una conclusión independiente nuestra—, la pregunta cambia nuevamente. Ya no basta preguntar: ¿PREPA aprobó la sustitución? La respuesta documental es que hubo un consentimiento. La pregunta importante pasa a ser: ¿qué información tenía PREPA cuando consintió?

Y detrás de esa pregunta aparece inmediatamente otra.

Si PREPA no conocía las alegaciones, ¿quién sí las conocía?

Y detrás de ésa aparece una tercera.

Si otra parte de la arquitectura institucional las conocía, ¿existía un mecanismo, una obligación o una expectativa de que esa información llegara a PREPA antes de que PREPA ejerciera su autoridad sobre la sustitución?

PDF

Obsérvese lo que acaba de ocurrir. Hemos pasado de buscar culpables a reconstruir flujos de información. Y esa transición es indispensable para comprender este caso. Porque una institución puede ejecutar correctamente una función limitada y, aun así, el sistema completo producir un resultado problemático si la información necesaria para ejercer esa función correctamente se encuentra en otra parte.

Éste puede ser uno de los grandes problemas de la administración moderna: no basta con distribuir autoridad. Hay que asegurarse de que la información relevante viaje a la misma velocidad que las decisiones.

La entrevista adquiere otro significado cuando se abre el expediente

Es aquí donde regreso a la conversación de Jugando Pelota Dura.

Escuchada aisladamente, la entrevista puede percibirse como una confrontación entre un panel incisivo y un funcionario experimentado que conoce perfectamente los límites de su oficina y los procedimientos que administró. Osvaldo Carlo explica la existencia de mecanismos contractuales de asignación o sustitución y describe un proceso mediante el cual se determina si una nueva compañía posee las cualificaciones necesarias. Los entrevistadores, sin embargo, regresan repetidamente a una pregunta distinta: si ya había surgido una sospecha suficientemente seria, ¿por qué continuar viabilizando el contrato?

En uno de los intercambios más reveladores, el planteamiento del panel puede resumirse así: existe una sospecha de fraude y, en lugar de detener inmediatamente el proceso, continúa viabilizándose la cláusula de sustitución. La contestación vuelve hacia la distinción entre la investigación de una querella y los mecanismos contractuales que continuaban operando.

Ese movimiento argumentativo merece atención porque reproduce exactamente la arquitectura que muestran los documentos. Una pregunta entra por el plano de la responsabilidad y puede ser contestada desde el plano del procedimiento. Una pregunta sobre información puede recibir una respuesta sobre jurisdicción. Una pregunta sobre el resultado completo puede contestarse explicando correctamente una función particular.

No hace falta concluir que alguien está evadiendo deliberadamente para reconocer el fenómeno. Al contrario: la explicación puede ser técnicamente correcta dentro de cada fragmento y todavía dejar sin contestar la pregunta sobre el conjunto.

Según la Junta, versiones anteriores de los documentos identificaban al ejecutivo de Enchanted Rock Corey Amthor como la persona que firmaría. Sin embargo, el contrato ejecutado recibido posteriormente llevaba la firma atribuida a una persona identificada como Jhoby Weaks, presentada como COO de Caribbean Operations de Enchanted Rock. La Junta escribió que no tenía información sobre la identidad de esa persona y que no había sido informada previamente del cambio de firmante. Posteriormente Enchanted Rock alegó que su nombre y una firma habían sido utilizados sin autorización.

Nuevamente debemos mantener separados los niveles de evidencia. Este ensayo no puede afirmar quién falsificó qué, porque los documentos que tenemos no adjudican penalmente esa responsabilidad. Lo que sí podemos afirmar es que existe una alegación documentada de uso no autorizado y que la propia Junta manifestó desconocer la identidad del firmante que apareció finalmente en el contrato y no haber sido informada del cambio.

Y entonces surge una pregunta institucional mucho más poderosa que una acusación improvisada:

¿Cómo llega una firma posteriormente controvertida hasta un contrato de esta magnitud?

No es necesario conocer todavía quién la colocó para preguntar qué mecanismos de verificación existían. No es necesario resolver un posible delito para estudiar el sistema de controles que debía rodear una transacción de miles de millones de dólares. Una investigación penal puede preguntar quién falsificó una firma, si efectivamente se determina que hubo falsificación. Una investigación institucional tiene derecho a formular otra pregunta simultáneamente: ¿qué verificó cada organismo antes de aceptar el documento que tenía delante?

Son investigaciones distintas.

Y ambas importan.

El caso nunca fue solamente una firma

Existe además un peligro narrativo. Las firmas controvertidas producen titulares poderosos porque son fáciles de comprender. Una firma existe o no existe. Una persona autorizó o no autorizó. La imagen es sencilla. Pero reducir todo el expediente a esa controversia puede ocultar otros elementos importantes que aparecen en los documentos.

Para el 5 de agosto, según la información recogida por la Junta, aproximadamente $1.18 mil millones en performance security no habían sido entregados, ningún milestone contractual había sido alcanzado y no se había producido progreso en el proyecto.

La Junta sostuvo además que la ausencia de esa garantía constituía, independientemente de las demás controversias, una base contractual para terminar el acuerdo.

Esto amplía considerablemente nuestra imagen.

Cuando el propio expediente comienza a interrogarse

Ya no estamos mirando una sola anomalía.

Estamos mirando varias capas superpuestas: la cualificación original, la importancia de Enchanted Rock, la sustitución por Flotek, las alegaciones recibidas, la circulación de esa información, la identidad del firmante, la garantía contractual, los milestones, la supervisión y finalmente la reacción de las diferentes instituciones.

El error sería escoger una sola de esas capas y declarar que explica todo.

El hallazgo consiste precisamente en observar cómo interactúan.

Quizás una de las partes más importantes de la documentación sea aquella en la que la Junta deja de narrar y comienza a preguntar.

Entre las interrogantes planteadas están por qué P3A y 3PPO no informaron a PREPA sobre las alegaciones antes de recomendar la sustitución, por qué PREPA terminó conociendo determinadas alegaciones posteriormente y por qué se recomendó y autorizó la sustitución mientras la investigación permanecía abierta.

Esto cambia profundamente la naturaleza del análisis.

Porque esas preguntas ya no pertenecen solamente a un periodista sentado frente a Osvaldo Carlo. Tampoco pertenecen a este escritor. Aparecen dentro de la propia documentación institucional.

Y cuando el organismo fiscalizador termina formulando algunas de las mismas preguntas que surgen durante una entrevista pública, debemos resistir dos tentaciones opuestas. La primera es declarar prematuramente que las preguntas demuestran culpabilidad. No la demuestran. La segunda es fingir que, porque todavía son preguntas, carecen de importancia. Tampoco.

Una pregunta institucional correctamente formulada puede ser uno de los documentos más reveladores de un expediente porque nos muestra dónde la explicación disponible dejó de satisfacer al propio sistema.

La Junta no estaba preguntando simplemente qué ocurrió.

Estaba preguntando por qué determinadas piezas de información no llegaron a determinadas instituciones antes de determinadas decisiones.

Exactamente el problema que venimos encontrando.

¿Cómo llegaron?

Hay otro momento de la entrevista que adquiere nueva dimensión cuando se leen los documentos. El panel pregunta cómo llegaron esas compañías al proceso y aparece el asunto de posibles cabilderos o intermediarios. La contestación describe un proceso competitivo, invitaciones nacionales e internacionales y un comité independiente de evaluación.

Sería irresponsable convertir esa conversación en evidencia de que algún cabildero manipuló la contratación. Los documentos que tenemos no permiten afirmar eso.

Pero tampoco podemos despachar la pregunta como una mera insinuación televisiva.

La propia Junta solicitó posteriormente información identificando lobbyists, consultants, government-relations representatives, attorneys u otros intermediarios relacionados con el procurement, incluyendo términos de contratación y personas que participaron en reuniones vinculadas con las negociaciones.

Eso establece una frontera muy clara entre lo que sabemos y lo que todavía necesitamos saber.

No sabemos, basándonos solamente en estos documentos, que un cabildero haya provocado la adjudicación.

Sí sabemos que la Junta consideró suficientemente relevante la cuestión de los intermediarios como para exigir información sobre ellos.

Hay una enorme diferencia entre ambas afirmaciones.

Y mantener esa diferencia es precisamente lo que permite investigar sin convertir la investigación en propaganda.

Las mil cabezas que cortar

Durante algún tiempo he utilizado la imagen de las mil cabezas para pensar la fragmentación contemporánea del poder. Frente al antiguo soberano visible —el rey, el gobernador, el jefe, la persona cuya decisión podía identificarse directamente—, la administración moderna distribuye la capacidad de actuar entre organismos, juntas, corporaciones públicas, comités, asesores, contratistas, reguladores y funcionarios especializados. Cuando algo funciona, esa especialización puede producir competencia técnica y controles. Cuando algo falla, sin embargo, aparece una dificultad extraordinaria: cada parte puede describir con precisión aquello que le correspondía y aquello que no.

Este expediente obliga a perfeccionar la metáfora.

Quizás el problema no sean simplemente mil cabezas.

Porque mil cabezas todavía podrían cortarse una por una.

Lo que aparece aquí es algo diferente: una red de responsabilidad distribuida.

Una institución posee información.

Cada una puede tener razón cuando describe los límites de su función. Y, sin embargo, queda una pregunta que ninguna descripción fragmentaria resuelve:

¿quién era responsable de que el sistema completo reaccionara correctamente?

Ésta es una pregunta mucho más difícil que “¿quién tuvo la culpa?”. Y precisamente por eso puede ser más importante.

Cuando saber, poder y responder viven en lugares distintos

Creo que aquí se encuentra el verdadero hallazgo.

Un sistema institucional necesita al menos tres cosas para reaccionar adecuadamente ante una amenaza: información, autoridad y responsabilidad. Alguien tiene que saber que existe el problema. Alguien tiene que tener poder para actuar. Y alguien tiene que responder si la acción necesaria no ocurre.

El peligro aparece cuando esas tres capacidades están excesivamente separadas.

Y todas esas afirmaciones podrían incluso contener una parte de verdad.

Ahí está precisamente el problema.

Porque un sistema puede producir un fracaso sin necesitar que cada uno de sus componentes fracase de la misma manera.

Ésta es una distinción fundamental. Estamos acostumbrados a imaginar la corrupción o la incompetencia como una cadena en la que todos los participantes conocen el propósito final. Pero una arquitectura institucional defectuosa puede producir resultados graves sin esa coordinación consciente. Basta con que la información correcta no llegue a la autoridad correcta en el momento correcto, que cada procedimiento continúe dentro de su carril y que nadie tenga simultáneamente la visión y el mandato necesarios para detener el conjunto.

La fragmentación, entonces, puede convertirse —incluso involuntariamente— en una tecnología de irresponsabilidad.

No porque nadie sea responsable.

Sino porque encontrar dónde comienza y termina cada responsabilidad se vuelve extraordinariamente difícil.

La sustitución más profunda

Por eso este caso termina conectándose con una idea mucho mayor que Power Expectations.

Al principio creíamos estar observando la sustitución de una compañía por otra.

Enchanted Rock por Flotek.

Pero debajo de esa sustitución contractual aparece otra.

La responsabilidad individual comienza a ser sustituida por el procedimiento.

Esto no significa que los procedimientos sean una conspiración. Una democracia necesita procedimientos precisamente para impedir la arbitrariedad. Necesita división de funciones, controles, revisiones, contratos, normas y organismos independientes.

El problema comienza cuando el procedimiento deja de ser el mecanismo mediante el cual ejercemos responsabilidad y se convierte en el lugar donde la responsabilidad puede desaparecer de nuestra vista.

Entonces ocurre algo extraordinario: nadie dice “yo no tengo nada que ver”.

Todos tienen algo que ver.

Pero cada uno tiene solamente una parte.

Y el conjunto queda huérfano.

No necesitamos inventar aquello que todavía no sabemos

Una investigación seria también debe aprender a detenerse.

Todavía existen preguntas que estos documentos no contestan. No sabemos, solamente a partir del expediente que estamos utilizando aquí, cuál será la conclusión final de las investigaciones sobre las alegaciones relacionadas con las firmas. Tampoco podemos establecer que algún intermediario o cabildero haya manipulado el proceso. No podemos atribuir intención criminal a funcionarios simplemente porque determinadas decisiones continuaron mientras existía una investigación. Y no podemos convertir diferencias administrativas entre instituciones en prueba automática de conspiración.

Pero reconocer esas fronteras no debilita el hallazgo.

El problema visible ya es suficientemente serio.

Lo fortalece.

Porque no necesitamos ninguna de esas conclusiones para observar el patrón que ya está documentado.

Sabemos que Enchanted Rock era material para la cualificación del grupo. Sabemos que apareció una sustitución pocos días después de ejecutado el contrato. Sabemos que surgieron alegaciones graves y que fueron comunicadas dentro de la arquitectura institucional. Sabemos que el proceso de sustitución continuó mientras existía una investigación. Sabemos que PREPA posteriormente sostuvo que no conocía aquellas alegaciones cuando otorgó su consentimiento. Sabemos que la Junta terminó formulando preguntas sobre esa circulación de información. Y sabemos que la propia Junta solicitó identificar intermediarios y participantes vinculados al proceso. 

No hace falta añadirle una teoría secreta.

La hoguera en tiempo real

Quizás por eso aquella entrevista me produjo una impresión tan fuerte.

Yo venía pensando en las sustituciones como una teoría. Venía pensando en las mil cabezas como una metáfora. Venía preguntándome qué ocurre cuando el poder se fragmenta tanto que encontrar la responsabilidad se convierte en una excavación.

Y entonces encendí una entrevista.

Allí estaban las instituciones convertidas en lenguaje. Una pregunta buscaba responsabilidad; una respuesta explicaba procedimiento. Una pregunta buscaba quién sabía; la contestación delimitaba quién tenía competencia. Una pregunta regresaba al fraude alegado; otra explicación regresaba al mecanismo contractual. El panel intentaba reconstruir el cuerpo completo mientras cada respuesta podía explicar una de sus partes.

Después abrí los documentos.

Y comprendí que la entrevista no era el hallazgo.

Era su representación.

Los documentos muestran algo todavía más profundo: información, autoridad y responsabilidad moviéndose por rutas diferentes dentro del mismo sistema. Una alegación entra por una puerta. Una sustitución avanza por otra. Una aprobación ocurre en otra oficina. Una investigación continúa. Una institución dice que no conocía aquello que otra ya investigaba. Finalmente el expediente regresa sobre sí mismo y comienza a preguntar quién sabía qué, cuándo lo supo y por qué no se comunicó antes.

Durante mucho tiempo hemos buscado una cabeza que cortar cuando ocurre un fracaso público. Después descubrimos que hay cien. Después mil.

Quizás todavía estamos formulando mal la pregunta.

Porque una hoguera no necesita que todos los leños hayan encendido la primera chispa. Basta con que cada uno permanezca en la posición necesaria para que el fuego pueda pasar al siguiente.

La investigación penal tendrá que determinar aquello que le corresponda determinar. Las instituciones tendrán que contestar las preguntas que todavía permanecen abiertas. Los documentos futuros podrán confirmar, corregir o ampliar partes de esta reconstrucción.

Pero hay una pregunta democrática que no necesita esperar:

¿qué ocurre cuando quien posee la información no posee toda la autoridad, quien posee la autoridad no posee toda la información y quien finalmente tiene que responder puede señalar correctamente que nunca controló el proceso completo?

Tal vez allí comienza el problema verdadero.

Sino en una arquitectura capaz de continuar caminando mientras sus propias partes comienzan a descubrir que algo está ardiendo.

Yo pensaba que estábamos estudiando los leños.

Pero la hoguera ya estaba encendida.


— Malvin El Poeta

El Universo del Centro

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