Cuando la desconexión se disfraza de intensidad
¿Y si no es la pelea lo que define tu vida... sino el lugar desde dónde la estás sosteniendo?
Estaba sentado en la barbería de mi amigo Fernan, en ese espacio donde la conversación fluye sin pretensión, mientras la máquina hace su trabajo y el tiempo parece detenerse lo suficiente como para que las ideas salgan sin filtro.
No era una conversación preparada. No había intención de entrar en profundidad. Pero a veces, en lo cotidiano, se abren preguntas que pesan más que muchas enseñanzas formales.
Mientras me recortaba, Fernan me dijo que había estado en una clase en la iglesia y que algo no le había cuadrado.
No lo dijo desde rebeldía ni desde crítica ligera. Lo dijo desde una inquietud real.
Me explicó que la enseñanza giraba constantemente alrededor del diablo, de la lucha, de resistir, de pelear, de estar en guardia. Y entonces soltó una pregunta que no era superficial:
¿Por qué tenemos que estar peleando con algo que ya está vencido?
Ahí no había teología compleja, pero sí había claridad.
Y eso fue lo primero que reconocí. No todas las preguntas nacen de duda; algunas nacen de que algo dentro de uno detecta que la estructura no está alineada.
Lo que él estaba percibiendo no era una falla en la intención de la enseñanza, sino una desproporción en el enfoque. Cuando el eje se mueve, todo lo demás comienza a girar alrededor de lo que no debería ocupar el centro. Y eso no es un problema de información, es un problema de origen.
Le expliqué que cuando el hombre pierde su referencia al origen, comienza a reconstruir la realidad desde sí mismo.
Y cuando eso ocurre, pierde identidad. No de forma inmediata, sino progresiva. Primero se desplaza el centro, luego se fragmenta la percepción, y finalmente se construye una narrativa que intenta sostener lo que ya no está conectado a la raíz.

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En ese punto, la vida espiritual deja de ser permanencia y se convierte en actividad. Mucho movimiento, mucha intensidad, pero poca estabilidad real.
Por eso no me sorprendió lo que describía. Cuando la conexión con el origen se debilita, se sustituye por esfuerzo. Y cuando no hay permanencia, aparece la necesidad de pelear.
No porque la lucha sea el diseño, sino porque se está operando fuera de la fuente. Jesús, cuando habló de la vid y los pámpanos, no estableció la guerra como eje.
Estableció la permanencia.
No dijo “peleen más”, dijo
“permanezcan en mí”.
Porque el pámpano no produce vida por su esfuerzo, sino por su conexión. Separado puede mantenerse un tiempo, puede incluso parecer funcional, pero no puede dar fruto.
Ahí es donde muchas estructuras modernas fallan. Han cambiado la conexión por el combate. Han convertido la vida espiritual en una constante reacción, como si todo dependiera de la capacidad del hombre para resistir, para confrontar, para sostener.
Pero el problema no es la existencia del mal, sino desde dónde se está viviendo. El que permanece no necesita construir su vida alrededor del enemigo. Su vida gira alrededor del origen. Y eso cambia completamente la forma de existir.
En medio de esa conversación también surgió algo más profundo, una línea que pocas veces se reconoce con claridad. Hay una diferencia entre imitar y querer ser. Jesús dijo que lo siguiéramos, que aprendiéramos de Él, que permaneciéramos en Él. Pero el pámpano nunca se convierte en la vid. Participa de la vida, pero no sustituye el origen. Sin embargo, hay un punto donde el hombre, en su búsqueda, cruza esa línea. Comienza enamorado, luego imita, después intenta encarnar, y finalmente pierde su identidad.
No se da cuenta en el momento, pero empieza a operar desde un lugar que no le corresponde.
Ese fue el error que vi en muchos pensadores que admiré en algún momento. Personas con una capacidad intelectual impresionante, que se acercaron a la teología no para permanecer, sino para sostener, para defender, para entenderlo todo.
Y en ese proceso, se desconectaron. Porque el problema nunca fue el conocimiento, sino el punto desde donde estaban mirando.
Cuando el hombre intenta sostener a Dios con su mente, invierte el orden. Y al invertir el orden, comienza a flotar. Mucha profundidad aparente, pero sin raíz. Y lo que no tiene raíz, tarde o temprano, colapsa.
Ahí es donde Juan:15 deja de ser un texto religioso y se convierte en una estructura que explica la vida.
La vid es el origen. El pámpano es el hombre.
No hay una tercera opción.
No hay un punto intermedio donde se pueda existir con estabilidad fuera de esa conexión.
No es una amenaza, es una realidad. La vida fluye desde la raíz. El fruto no se produce por intención, se manifiesta por permanencia.
Y el proceso, incluso cuando hay fruto, incluye poda.
Porque el crecimiento real no es acumulación, es depuración.
Le dije a Fernan que el problema no era la clase en sí, sino el desplazamiento del centro.
Cuando el hombre deja de verse como pámpano y comienza a actuar como si fuera la vid, entra en una dinámica que parece espiritual, pero que en realidad es inestable.
Se vuelve intenso, reactivo, cargado de lenguaje, pero desconectado en esencia. Y esa desconexión no se ve de inmediato. Por eso es peligrosa. Porque puede sostenerse por un tiempo bajo apariencia de compromiso, de disciplina, de “guerra espiritual”.
Pero no produce fruto que permanezca.
Lo que estamos viendo hoy no es una falta de fe. Es una falta de ubicación.
El hombre no ha dejado de buscar, pero ha dejado de permanecer. Y cuando deja de permanecer, empieza a construir desde sí mismo.
Ahí nacen las estructuras que suenan correctas, pero que no sostienen vida.
Ahí aparece la necesidad constante de validar, de defender, de combatir. No porque el mal tenga más poder del que debería, sino porque el hombre ha perdido el lugar desde donde debe vivir.
Al final, la conversación en la barbería no terminó con una respuesta cerrada. Tampoco hacía falta.
Porque no se trataba de resolver una duda, sino de reconocer una posición. No es un problema de cuánto sabes, ni de cuán fuerte peleas, ni de cuán profundo piensas. Es un asunto más simple y más difícil al mismo tiempo.
¿Desde dónde estás viviendo?
Porque puedes hablar de la vid… y estar desconectado de ella. Y eso, aunque no se diga en voz alta…
siempre termina revelándose.
– Malvin El Poeta
El Universo del centro



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