La conducta que observó el enemigo y la vulnerabilidad que todavía interroga al servido

Continuación de Sálvate, salvador y La orden desde la vulnerabilidad

Torres Gemelas reconstruidas con drones de luz frente a expedientes institucionales fragmentados.

Axioma:

Las torres hechas de luz

Esta madrugada yo no estaba frente a un policía, dentro de una oficina gubernamental ni examinando documentos ante una computadora.

Estaba acostado sobre mi almohada.

Wendy, mi esposa, me acercó su celular. En la pantalla, una formación de drones reconstruía en el cielo la silueta de las Torres Gemelas. Vi aquellos edificios levantarse nuevamente, hechos de luz, sobre una oscuridad que todavía conocemos.

Y comencé a llorar.

No era la primera vez que recordaba el 11 de septiembre de 2001. Tampoco era la primera vez que veía las torres, los aviones, el Pentágono o el campo de Pensilvania. Habían transcurrido veinticinco años desde los ataques.

Pero esta vez los contemplaba mientras desarrollaba la Teoría del Servido.

Ya había entrado en Sálvate, salvador. Allí observé al bombero que ascendía para rescatar mientras la información capaz de protegerlo no podía descender hasta él. En La orden desde la vulnerabilidad examiné al presidente tomando decisiones mientras dependía de una estructura que tampoco podía ofrecerle certeza completa. También contemplé a los pasajeros del vuelo 93: servidos de la seguridad aérea que terminaron convertidos en protectores, contramisil humano y mártires civiles.

Aquella madrugada sentí algo diferente.

No estaba mirando el 11-S solamente como ciudadano que recuerda una tragedia. Lo estaba mirando como un servido que todavía intenta determinar si la institución aprendió completamente aquello que el enemigo ya había descubierto.

Mientras las torres volvían a levantarse mediante la luz de los drones, comprendí que la memoria no podía limitarse a reconstruir su forma.

El expediente que no estaba clasificado

Osama bin Laden no necesitó recibir un informe secreto que dijera que la información estadounidense podía quedar fragmentada entre instituciones.

La Comisión del 11-S documentó que Bin Laden interpretó la retirada estadounidense de Somalia como señal de humillación y derrota. También recordó la retirada soviética de Afganistán como demostración de que una fuerza irregular podía desgastar a una superpotencia. Desde 1992 dirigía amenazas contra Estados Unidos y, en 1996, advirtió que la batalla llegaría a territorio estadounidense. Informe de la Comisión del 11-S, capítulo 2⁠

El enemigo estaba observando.

Leía cuánto resistía Estados Unidos, cómo respondía, dónde retrocedía y cuánto tiempo necesitaba para convertir una amenaza en acción.

Khalid Sheikh Mohammed también aprendía. Según la Comisión, el atentado de 1993 contra el World Trade Center le enseñó que los explosivos presentaban limitaciones. A partir de aquella experiencia evolucionó la idea de utilizar aviones como armas. Posteriormente presentó el proyecto a Bin Laden, y ambos, junto con Mohammed Atef, participaron en la selección de los objetivos: el World Trade Center, el Pentágono, la Casa Blanca y el Capitolio.

Por tanto, el expediente que leyó el terror no estaba compuesto solamente por documentos.

Estaba formado por respuestas.

Mientras Estados Unidos investigaba ataques separados, sus enemigos acumulaban conocimiento.

La conducta institucional también produce inteligencia para quien la observa desde afuera.

El agujero negro

En una entrevista pública, el exagente del FBI Mark Rossini describe un “agujero negro” dentro del recorrido de la información.

Rossini y Doug Miller estaban asignados como enlaces del FBI en la unidad de la CIA dedicada a Bin Laden. Miller preparó una comunicación para informar que Khalid al-Mihdhar poseía una visa estadounidense y que su documentación indicaba Nueva York como destino. El documento no completó su recorrido.

El informe oficial del Inspector General del Departamento de Justicia examinó aquella secuencia. Determinó que la responsabilidad primaria por la falta de transmisión recaía sobre la CIA, pero también señaló que Miller debió insistir y que Rossini mostró iniciativa insuficiente. Además, atribuyó responsabilidad a la administración del FBI por no establecer obligaciones, supervisión y procedimientos claros para sus agentes destacados en la CIA.

Este hallazgo impide dos simplificaciones.

No puedo afirmar que nadie falló porque el sistema estaba fragmentado.

Tampoco puedo reducir la totalidad de la falla a una sola persona.

La información existía. Los servidores existían. Los canales existían. La autoridad para transmitir también existía. Sin embargo, aquellas capacidades no coincidieron de una manera que protegiera el recorrido completo.

Eso no absuelve a quienes pudieron insistir y no insistieron. Explica cómo las omisiones individuales encontraron una arquitectura capaz de recibirlas, separarlas y permitir que la amenaza continuara.

Mil cabezas sobre una sola nación

Esto es Mil cabezas y ninguna que cortar a escala nacional.

La Comisión identificó barreras estructurales para el trabajo conjunto, ausencia de estándares comunes entre la inteligencia extranjera y doméstica, administración dividida y una comunidad demasiado compleja para la comprensión pública. Reconoció algo que alcanza el corazón de la Teoría del Servido: ningún componente poseía toda la información pertinente.

Cada cabeza podía explicar su función. Pero la nación necesitaba algo más que muchas funciones correctamente descritas.

Necesitaba una totalidad capaz de proteger.

El atacante no tenía que comprar a todos los servidores, controlar cada agencia ni infiltrar completamente al gobierno. Solo tenía que colocar su operación dentro del espacio existente entre quienes conocían, quienes autorizaban y quienes podían actuar.

No necesitó vencer todas las puertas. Atravesó el pasillo que ninguna puerta protegía por completo.

El segundo agujero negro

Después del ataque, Estados Unidos produjo investigaciones, comparecencias, informes, recomendaciones y reformas. El expediente público cumple una función indispensable.

Pero hoy, veinticinco años después, el ciudadano debe atravesar centenares de páginas, notas al calce, informes complementarios, documentos redactados, lenguaje especializado y funcionarios identificados mediante cargos o seudónimos para reconstruir quién sabía, quién podía transmitir, quién debía insistir y quién tenía autoridad para intervenir.

Rossini sostiene en su entrevista que casi nadie lee esos informes completos porque son demasiado densos. Esa expresión constituye su apreciación personal. Sin embargo, la propia Comisión reconoció que la comunidad de inteligencia había acumulado una complejidad que prácticamente desafiaba la comprensión pública.

Aquí aparece un segundo agujero negro.

En el segundo, la explicación corre el riesgo de no salir del expediente para alcanzar comprensiblemente al ciudadano.

La transparencia no se completa porque el informe exista. Se completa cuando el servido puede recorrerlo, interrogarlo y determinar qué ocurrió con la protección financiada y legitimada en su nombre.

Máxima:

Puerto Rico dentro de la pregunta

Mientras observaba aquellas torres hechas de luz, no pensé solamente en Nueva York o Washington.

Pensé también en Puerto Rico.

Puerto Rico forma parte de la arquitectura política, militar, aérea, marítima, energética y comunicativa de Estados Unidos. El puertorriqueño aporta, sirve, combate, trabaja, obedece leyes y deposita confianza en instituciones que prometen protegerlo.

Entonces surge una pregunta que todavía no constituye una conclusión, pero que exige su propia excavación:

No hablo del terrorismo criminal ejecutado por Al Qaeda. Hablo del terror institucional que experimenta una persona cuando aquello creado para protegerla se convierte en una trayectoria que ya nadie parece poder detener.

Así aparece la imagen del misil institucional.

Es un proceso que adquiere dirección, velocidad y capacidad para producir consecuencias. Cada oficina controla una pieza; ninguna responde por la trayectoria completa. El servido no dirige ese misil. Ni siquiera conoce todo lo que contiene.

Sin embargo, viaja dentro de él.

Lo financia.

Recibe sus riesgos.

Y cuando finalmente impacta, escucha a cada institución explicar por qué la parte que falló pertenecía a otra.

La pregunta puertorriqueña debe formularse con toda su fuerza:

Reconstruir algo más que las torres

Las piscinas del Memorial ocupan hoy el lugar físico de las Torres Gemelas. Miles de nombres rodean un vacío hacia el cual el agua desciende sin devolver lo que recibe.

Esa imagen no demuestra una falla institucional. Demuestra su consecuencia humana.

Cuando la totalidad queda huérfana, el servido no recibe una teoría.

Los drones pueden reconstruir la silueta de las torres. Los informes pueden reconstruir cronologías. Las instituciones pueden reorganizar oficinas y crear nuevos procedimientos.

Pero ninguna de esas actividades demuestra por sí sola que el sistema aprendió.

La pregunta final no es cuántas agencias fueron creadas después del 11-S. Tampoco cuántos documentos fueron publicados.

La pregunta es si hoy la información puede llegar, en el momento necesario, hasta quien posee autoridad para proteger.

Aquella madrugada lloré porque las torres volvieron a levantarse delante de mí.

Pero también lloré porque todavía no sé si hemos cerrado completamente el espacio por donde entró el enemigo.

Máxima final:


— Malvin El Poeta

El Universo del Centro

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