Job, Sócrates y el servidor que recibió su propia medida

Trabajador arrodillado removiendo cuidadosamente una línea de grout endurecido como símbolo de justicia, restauración y metavigilancia.

Axioma:

La línea que se había endurecido

Estaba de rodillas, removiendo un grout que otro trabajador había aplicado incorrectamente.

Algunas secciones salían con relativa facilidad. Otras contenían material epóxico y se habían endurecido hasta parecer parte de la loseta.

Como experto en pisos, sabía que la fuerza por sí sola no resolvería el problema. Primero tenía que abrir cuidadosamente la línea con un disco de carburo. Después podía utilizar la cuchilla para detallar los bordes sin maltratar la superficie que intentaba restaurar.

Mientras trabajaba, seguía pensando en Job, en Sócrates y en mi hermano.

No estaba trabajando para mi hermano ese día. Sin embargo, una experiencia reciente bajo su comando continuaba produciendo preguntas dentro de mí. Él fue quien inicialmente me enseñó a instalar. Con el tiempo, llegué a comandar numerosos proyectos en Estados Unidos. Incluso él trabajó para mí en algunas ocasiones.

Ahora la balanza había cambiado de posición.

Durante una temporada difícil, volví a trabajar bajo su dirección. Aquella inversión me permitió recibir desde abajo algunas decisiones semejantes a las que anteriormente había contemplado desde arriba. Entonces tuve que preguntarme si, cuando él estuvo bajo mi comando, yo también pude haber cometido errores que no alcanzaba a percibir desde mi posición.

El grout estaba endurecido en el piso.

La pregunta comenzaba a endurecerse dentro de mí.

Elifaz y la justicia contemplada desde arriba

Elifaz no negó la justicia de Dios. Intentó defenderla.

Su razonamiento parecía coherente: Dios es justo; la justicia castiga la maldad; Job está sufriendo; por tanto, Job debe haber cometido alguna falta capaz de explicar su desgracia.

El error no se encontraba en afirmar que los actos pueden producir consecuencias. La responsabilidad existe. El problema consistió en convertir esa verdad en una fórmula universal mediante la cual toda desgracia debía demostrar una culpa.

Para conservar intacta su interpretación, Elifaz necesitaba que Job fuera culpable.

No examinó el caso. Lo cerró mediante una doctrina.

Había visto esa forma de pensamiento en ambientes religiosos conservadores. Cuando alguien caía, enfermaba o atravesaba una desgracia, algunas personas comenzaban inmediatamente a buscar la falta que pudiera explicarla. La aflicción se convertía en evidencia y el sufrimiento en sentencia.

Pero quien interpreta de esa manera la caída ajena suele colocarse fuera de la condición humana que está juzgando. Olvida que también puede enfermar, equivocarse, perder el equilibrio o necesitar la misericordia que hoy administra con tanta severidad.

Dios corrigió a Elifaz y a sus dos compañeros porque no habían hablado rectamente acerca de Él. Después les ordenó llevar su sacrificio hasta Job y depender de la oración del hombre cuya integridad habían puesto en duda

La corrección fue extraordinaria: el que había explicado el sufrimiento tuvo que presentarse delante de quien verdaderamente lo padeció.

Máxima:

Trasímaco y la justicia del más fuerte

En La República, Trasímaco propone que la justicia es la conveniencia del más fuerte. Quienes poseen el poder establecen las normas conforme a sus intereses y luego llaman justo a quien las obedece.

Elifaz y Trasímaco parten de lugares diferentes. El primero intenta defender un orden teológico; el segundo expone la relación entre la ley y el poder político. Pero ambos permiten observar el mismo peligro: el orden puede definir la justicia desde arriba y exigir que el subordinado acepte esa definición como verdad.

Para Elifaz, Job tenía que reconocerse culpable para que el sistema permaneciera intacto.

Para Trasímaco, el ciudadano tenía que obedecer la ley creada por el gobernante, aunque favoreciera al gobernante.

Glaucón lleva después el razonamiento hacia la impunidad mediante el anillo de Giges. ¿Qué haría un hombre si pudiera actuar sin ser visto y sin enfrentar consecuencias? La pregunta no examina solamente la justicia pública. Examina la conciencia cuando desaparece el testigo.

Estatua de Socrates
Sócrates

El libro de Job permite responder indirectamente a ambos problemas.

La prosperidad no demuestra justicia.

Y la ausencia temporal de consecuencias no convierte una acción en justa.

Siempre puede existir un testigo más allá de la apariencia. En Job, Dios había escuchado incluso mientras el cielo parecía permanecer callado.

Sócrates y el oficio que existe para otro

Sócrates responde a Trasímaco examinando la naturaleza de los oficios. La medicina no existe para beneficiar a la medicina, sino al cuerpo enfermo. La navegación no procura el bien del arte de navegar, sino el de quienes necesitan atravesar el mar. El verdadero gobierno, entendido como oficio, debería procurar el bien de los gobernados.

Aquí aparece una convergencia directa con la Teoría del Servido:

El servido precede al servidor.

El paciente no existe porque apareció el médico. El médico existe, como función ministerial, porque existe un cuerpo necesitado de cuidado.

El ciudadano no fue creado para justificar al gobierno. El gobierno fue creado porque la comunidad poseía necesidades que requerían organización, protección y justicia.

El trabajador no existe para sostener indefinidamente la utilidad del contratista. El contratista coordina conocimiento, capital, riesgo y trabajo para entregar un resultado sin despojar de dignidad a quienes hacen posible esa entrega.

El servidor también es humano. Necesita salario, protección, descanso y misericordia. Pero de esas necesidades no se desprende que pueda convertir el poder recibido en un sistema diseñado para servirse primero.

Debemos distinguir entre sostener al servidor para que pueda cumplir su función y permitir que la función completa sea reorganizada alrededor de su conveniencia.

Máxima:

El día en que la balanza cambió de manos

Mi hermano fue mi maestro en el oficio. Después trabajó bajo mi comando. Más adelante, las circunstancias cambiaron y yo volví a trabajar bajo el suyo.

La relación demostró que servidor y servido no son identidades permanentes. Son posiciones relacionales capaces de invertirse.

Cuando dirigía los proyectos, observaba presupuestos, riesgos, pagos, calendarios y resultados. Cuando trabajé bajo la dirección de otro, pude experimentar el valor del salario, el esfuerzo requerido y el efecto concreto de decisiones que antes contemplaba desde la totalidad del proyecto.

Ninguna posición contenía por sí sola toda la verdad.

La metavigilancia comenzó cuando pude colocar ambas experiencias frente a frente.

Primero examiné el presente: ¿era justa la medida que estaba recibiendo?

Después regresé al pasado: ¿pude haber producido sobre mi hermano un resultado semejante sin reconocerlo?

Finalmente miré hacia el futuro: si la balanza vuelve a colocarme en la posición de comando, ¿repetiré la medida que hoy considero injusta?

Esa última pregunta separa la justicia de la venganza.

Decir «estás sembrando precedente» puede advertir que nuestras decisiones establecen referencias capaces de regresar. Pero un precedente injusto no adquiere legitimidad cuando cambian las posiciones. Si reproduzco sobre mi hermano aquello que me dolió recibir, la experiencia no me habrá enseñado justicia. Solamente me habrá enseñado a esperar mi turno para ejercer poder.

Máxima:

La vara que también puede medirme

La justicia no puede depender de quién ocupe temporalmente la posición superior. Tiene que conservar su verdad cuando se aplica al fuerte y cuando se aplica al débil.

Cristo advirtió que seremos medidos con la misma medida que utilizamos. No eliminó todo discernimiento; destruyó la ficción de que podemos examinar al otro sin quedar incluidos dentro del examen.

Eso también transforma la manera de contemplar la caída de un ministro. Cuando un pastor, predicador o servidor cae, no puedo utilizar su desgracia como prueba de mi propia altura. Su caída me duele porque revela la vulnerabilidad de una humanidad que también es la mía.

Ayudarlo a levantarse no significa negar la responsabilidad, silenciar a los heridos ni devolverlo automáticamente a la posición que ocupaba. La restauración de la persona y la restitución del cargo no son idénticas. Pero la justicia tampoco me autoriza a convertirme en acusador como si yo perteneciera a otra especie incapaz de caer.

Toda vara legítima tiene que poder regresar a la mano que la sostiene.

Remover el error sin quebrar la loseta

El disco de carburo abre la línea. La cuchilla detalla. La experiencia determina cuánta presión puede aplicarse sin dañar el piso.

Así también debe operar la justicia.

No toda corrección requiere la misma herramienta. No toda dureza puede removerse de la misma manera. Hay errores recientes que ceden al ser reconocidos. Otros se han endurecido mediante la repetición, el orgullo y la costumbre hasta confundirse con la estructura.

Pero corregir no significa destruir.

La justicia debe remover el error sin quebrar innecesariamente a la persona. La misericordia debe proteger a la persona sin dejar el error endurecido dentro de la línea. Si falta justicia, el daño permanece. Si falta misericordia, podemos destruir aquello que afirmábamos querer restaurar.

Mientras raspaba aquel piso, comprendí que no estaba examinando solamente a mi hermano ni al trabajador que había aplicado equivocadamente el material.

Me estaba examinando a mí mismo.

No estaba raspando a mi hermano dentro de mi conciencia. Estaba raspando de mí la posibilidad de devolverle mañana aquello que hoy considero injusto.

Y yo tuve que arrodillarme sobre un piso para descubrir que la justicia no se aprende solamente cuando señalamos la línea torcida, sino cuando aceptamos revisar las líneas que nosotros mismos pudimos haber dejado detrás.

Máxima final:


— Malvin El Poeta

El Universo del Centro


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