La maternidad herida, la responsabilidad criminal y una justicia capaz de mirar más allá del horror

Axioma:

La pregunta que nace del horror

Cuando conocí por primera vez lo ocurrido en la casa de la familia Clancy, mi conciencia reaccionó como probablemente reaccionó la de muchas personas:

La pregunta es legítima. Nace del horror, del amor que atribuimos naturalmente a la maternidad y de nuestra incapacidad para imaginar que una persona pueda causarles la muerte a quienes durante años protegió, alimentó, abrazó y sostuvo entre sus brazos. No debemos avergonzarnos de formularla. Lo que debemos evitar es convertir nuestra reacción inicial en una conclusión definitiva antes de examinar aquello que todavía no comprendemos.

Maxíma:

El horror pregunta cómo pudo hacerlo; la justicia debe preguntarse desde qué conciencia fue ejecutado.

La conciencia sana interpreta los actos desde la estabilidad que ella misma posee. Mira una conducta, imagina que quien la ejecutó veía la misma realidad y concluye que debió haber pensado como habría pensado cualquier otra persona.

La pregunta jurídica no es únicamente qué hizo Lindsay Clancy.

Sobre ese hecho esencial no existe una controversia equivalente a la discusión sobre su estado mental. La pregunta que dividió el proceso fue otra:

Responder esa pregunta exige algo más difícil que indignarse. Exige elevar el espíritu hasta un umbral donde podamos mirar el acto sin apartar la vista de sus víctimas, pero también sin presumir que comprendemos completamente la mente desde la cual fue ejecutado.

Los niños que no pueden desaparecer

Cora tenía cinco años. Dawson tenía tres. Callan tenía ocho meses.

No son conceptos dentro de una discusión jurídica. No son evidencia clínica ni componentes secundarios de una teoría sobre la salud mental. Eran tres niños con rostros, voces, personalidades y una vida que apenas comenzaba. Su ausencia es definitiva. Ninguna explicación médica, sentencia judicial o reflexión filosófica puede devolverlos.

Mientras escribo este manifiesto responsablemente no puedo utilizar la enfermedad de su madre para disminuir el valor irreparable de sus vidas. Tampoco puedo convertirlos en daños colaterales de una discusión sobre el sistema de salud. Sus nombres deben permanecer en el centro porque fueron ellos quienes perdieron todo.

Precisamente por eso debemos investigar con profundidad las condiciones que precedieron sus muertes. Comprender no significa abandonar a las víctimas.

Comprender puede ser una de las formas más serias de honrarlas, porque permite identificar aquello que debe transformarse para impedir que otros niños lleguen al mismo desenlace.

Si reducimos esta tragedia a la maldad inexplicable de una sola mujer, posiblemente satisfagamos nuestra necesidad inmediata de encontrar un lugar donde depositar el horror. Pero también corremos el riesgo de cerrar el expediente antes de descubrir qué advertencias fueron expresadas, qué síntomas fueron observados, qué tratamientos fueron administrados y qué oportunidades de intervención quedaron incompletas.

Los niños merecen algo más que una condena. Merecen que la sociedad comprenda todo aquello que no logró protegerlos.

Las madres que hoy comprenden en silencio

Mientras millones de personas preguntan cómo una madre pudo causarles la muerte a sus hijos, probablemente existen otras mujeres que escuchan el caso desde un silencio distinto. No justifican lo ocurrido ni desean que se repita. Lo que reconocen es algo que no siempre han podido explicar.

Maxíma:

El silencio de una madre no siempre oculta falta de amor; a veces protege un dolor que teme ser condenado antes de ser comprendido.

Algunas recuerdan el miedo que sintieron al quedarse solas con su bebé. Otras recuerdan que no querían cargarlo, que no soportaban escuchar su llanto o que se sentían desconectadas de una criatura que sabían que debían amar. Algunas dejaron de cuidarse, comenzaron a engordar o adelgazar súbitamente, perdieron el sueño y sintieron vergüenza porque la maternidad que experimentaban no se parecía a la maternidad que la sociedad les había prometido.

Muchas callaron porque temían que alguien las considerara malas madres.

La depresión posparto y la psicosis posparto no son la misma condición. No toda mujer que se siente triste, desconectada o abrumada pierde contacto con la realidad. La psicosis posparto es una emergencia mucho más severa que puede incluir delirios, alucinaciones, desorganización mental, confusión y una alteración profunda de la percepción. Sin embargo, ambas condiciones nos obligan a reconocer una verdad fundamental: la maternidad no inmuniza la mente contra la enfermedad.

Una madre puede amar profundamente a su hijo y, simultáneamente, padecer una condición que altera su capacidad para sentir ese amor, interpretarlo o actuar conforme a él. El amor puede continuar existiendo detrás de una mente que ya no logra reconocerlo.

Por eso este caso no habla solamente de una mujer acusada. Habla también con aquellas madres que todavía no han encontrado palabras para describir lo que ocurre dentro de ellas. Algunas escucharán los testimonios y pensarán que comprenden una parte del abismo. Otras, que nunca han padecido algo semejante, continuarán preguntándose cómo pudo ocurrir.

La mujer que pidió ayuda antes de convertirse en acusada

Antes de ocupar el banquillo de los acusados, Lindsay Clancy fue paciente.

Su deterioro psicológico no apareció por primera vez después de la muerte de sus hijos y esto es bien importante. Había expresado ansiedad, insomnio, pensamientos suicidas, confusión, desconexión y la sensación de que su mente se estaba desintegrando. Buscó ayuda profesional, recibió múltiples medicamentos psiquiátricos y llegó a internarse voluntariamente en una institución.

Diecinueve días después de haber sido dada de alta, ocurrió la tragedia.

Este dato no determina por sí solo quién posee responsabilidad ni demuestra automáticamente negligencia profesional. Tampoco me autoriza a afirmar que un medicamento específico provocó las muertes. Pero impide presentar la enfermedad como una explicación fabricada únicamente después de los hechos.

Los documentos y testimonios describieron una mujer que había acudido repetidamente al sistema porque reconocía que algo no estaba bien. La institución la evaluó, la medicó, la hospitalizó y finalmente la devolvió a su hogar. Después de la tragedia, la misma crisis que antes pertenecía al lenguaje de la salud comenzó a ser examinada mediante el lenguaje penal.

Aquí aparece una pregunta que trasciende el caso:

No afirmo que los profesionales conocieran lo que ocurriría ni que tuvieran en sus manos una fórmula segura para impedirlo. La medicina no puede predecir cada conducta humana. Pero cuando una paciente busca ayuda repetidamente y el desenlace termina siendo irreparable, la investigación moral no puede detenerse únicamente en el último acto.

La Teoría del Servido nos obliga a mirar la secuencia completa. Lindsay fue servida por un sistema de salud antes de ser acusada por un sistema de justicia. Sus hijos también eran servidos por una arquitectura pública y médica creada para proteger la salud de su madre y, mediante ella, su propia seguridad.

Cuando el sistema no comprende al servido durante la crisis, puede terminar conociéndolo después como acusado, víctima o nombre dentro de un expediente.

Explicar no significa justificar

La sociedad suele desconfiar de las explicaciones clínicas porque teme que comprender una conducta signifique excusarla. Parece que, si reconocemos la enfermedad, estamos disminuyendo el daño. Si hablamos de psicosis, algunas personas sienten que estamos borrando la muerte de los niños.

Pero una explicación no declara que el acto estuvo bien.

No devuelve las vidas, no elimina el sufrimiento ni transforma la tragedia en algo aceptable. Explicar significa investigar desde qué condición mental pudo producirse aquello que una conciencia estable considera incomprensible.

La responsabilidad criminal no depende solamente de que un cuerpo haya ejecutado determinados movimientos.

También exige examinar la capacidad mental de la persona para comprender la ilicitud de su conducta o ajustar sus actos a las exigencias de la ley.

Una persona puede realizar una secuencia organizada y continuar estando psicótica. Puede caminar, conversar, utilizar un teléfono, completar una tarea o esconder una conducta dentro de una realidad delirante. La organización externa no demuestra automáticamente estabilidad interna.

Al mismo tiempo

Tampoco toda conducta perturbadora elimina la responsabilidad. La enfermedad mental no puede utilizarse como explicación automática para cualquier acto violento. Por eso existen evaluaciones, testimonios periciales, contrainterrogatorios y un jurado encargado de medir versiones opuestas.

En el proceso contra Lindsay, la fiscalía presentó la secuencia de sus acciones como evidencia de planificación y control. La defensa presentó su deterioro anterior, su búsqueda de ayuda y las evaluaciones psiquiátricas como evidencia de una conciencia alterada. Un especialista concluyó que estaba francamente psicótica. Otros rechazaron esa conclusión y afirmaron que conservaba control y conocimiento.

Castigar sin comprender puede satisfacer la necesidad inmediata de condena, pero deja intactas las condiciones que podrían producir la próxima tragedia. Comprender sin proteger también sería irresponsable. La justicia necesita hacer ambas cosas.

La duda razonable como humildad institucional

El jurado escuchó durante semanas a familiares, médicos, policías, especialistas, enfermeros y otros testigos. Examinó diarios, medicamentos, evaluaciones clínicas, movimientos, conversaciones y decisiones. Después deliberó durante casi cuarenta horas distribuidas a lo largo de siete días.

Finalmente, comunicó que no podía alcanzar una decisión unánime.

La defensa sostuvo públicamente que la división era de once a uno a favor de una absolución, mientras la fiscalía advirtió que no podía conocerse con certeza hacia dónde se inclinaba la mayoría. También surgió una controversia sobre un integrante que, según una nota del jurado, reconocía una duda pero presuntamente no la aplicaba conforme a las instrucciones judiciales. El juez se negó a removerlo y se inició una gestión urgente ante el máximo tribunal de Massachusetts mientras se consideraba declarar un juicio nulo.

No nos corresponde entrar en aquella sala cerrada ni reconstruir como hecho aquello que solamente conocemos mediante expresiones parciales. Debemos respetar el secreto de las deliberaciones y la autonomía de cada jurado.

Pero sí podemos reconocer la importancia de lo ocurrido: doce ciudadanos observaron esencialmente la misma prueba y no consiguieron producir una sola conclusión jurídica.

Demuestra que la evidencia permitió interpretaciones incompatibles incluso después de un examen prolongado.

En Massachusetts, una vez presentada evidencia suficiente sobre una posible falta de responsabilidad criminal, corresponde a la fiscalía demostrar más allá de duda razonable que la persona conservaba capacidad sustancial para comprender la ilicitud de su conducta y ajustar sus actos a la ley.

La duda razonable no es una emoción pasajera ni una excusa para evitar decisiones difíciles. Tampoco exige una certeza matemática. Es una duda fundamentada que permanece después de examinar responsablemente toda la prueba.

La duda razonable es una forma de humildad institucional: el poder reconoce que su capacidad para castigar debe detenerse cuando la certeza exigida por la ley no ha sido alcanzada.

Las lágrimas y la conciencia recuperada

Durante distintos testimonios, Lindsay lloró. Lloró mientras se describían escenas, mientras se presentaban fotografías y mientras otras personas reconstruían aquello que sucedió en su hogar.

Humanamente, resulta difícil observar esas lágrimas sin pensar en dolor, conciencia y arrepentimiento. Parecen mostrar a una mujer que hoy comprende plenamente la dimensión de lo ocurrido y que debe vivir dentro de una memoria insoportable.

Sin embargo, las lágrimas presentes no pueden probar jurídicamente cuál era su estado mental en enero de 2023. Pueden expresar duelo, remordimiento, trauma, vergüenza o una conciencia recuperada. Son una manifestación humana significativa, pero no constituyen por sí solas un diagnóstico retrospectivo.

Precisamente ahí se encuentra parte de la tragedia. Si Lindsay actuó durante una ruptura psicótica y hoy contempla sus actos desde una conciencia más estable, su recuperación no elimina el dolor: puede multiplicarlo.

La misma mente que no pudo comprender completamente una realidad puede despertar después dentro de sus consecuencias.

Eso no la convierte en una víctima superior a sus hijos. Tampoco borra su participación material en las muertes. Significa que el sufrimiento puede habitar más de un lugar sin distribuirse en cantidades iguales.

Los niños perdieron sus vidas. La madre, si verdaderamente recuperó la comprensión, tendrá que vivir frente a una realidad que ninguna sentencia puede agravar más de lo que ya pesa sobre su conciencia.

Tratamiento no significa libertad inmediata

Reconocer una posible falta de responsabilidad criminal no obliga a elegir entre prisión perpetua y libertad absoluta.

Esa falsa alternativa empobrece la conversación. Una persona puede no haber poseído responsabilidad criminal plena durante el acto y todavía necesitar hospitalización, evaluación, tratamiento y supervisión rigurosa.

La sociedad tiene derecho a protegerse. La propia persona también puede necesitar protección contra sí misma.

Si los profesionales concluyen que representa un peligro, liberarla inmediatamente no sería compasión.

Sería abandono.

Una justicia madura debe ser capaz de proteger sin fingir que todo sufrimiento se corrige mediante castigo. Debe distinguir entre condena moral, responsabilidad jurídica, tratamiento clínico y seguridad pública.

La compasión sin protección puede ser irresponsable; la protección sin comprensión puede convertirse en crueldad.

No toda persona absuelta por falta de responsabilidad criminal regresa inmediatamente a la sociedad. El tribunal puede ordenar evaluaciones y confinamiento en una institución de salud mental cuando exista peligrosidad. Reconocer la enfermedad no equivale a negar las consecuencias. Significa colocar esas consecuencias dentro del sistema que puede responder a su verdadera naturaleza.

El precedente que debemos evitar

Un veredicto favorable a Lindsay no significaría que toda mujer con depresión posparto queda exenta de responsabilidad por cualquier conducta. La depresión posparto no es automáticamente psicosis, y cada caso depende de su propia evidencia.

El precedente social más peligroso podría ser otro.

Ese silencio puede parecer tranquilidad desde afuera mientras la crisis continúa creciendo por dentro.

La sociedad debe aprender a distinguir entre una persona que comunica un pensamiento intrusivo porque desea protegerse de él y una persona que manifiesta intención inmediata de actuar. Ambas necesitan atención, pero la respuesta no puede comenzar con humillación o condena. Pedir ayuda debe activar un sistema de protección competente, no un mecanismo automático de estigmatización.

La respuesta no puede ser esperar hasta que aparezca una tragedia y entonces construir retrospectivamente una narración de maldad absoluta.

Maxíma:

Una sociedad que solamente reconoce la crisis después de la tragedia no posee un sistema de prevención; posee un sistema de autopsia institucional.

El juicio que continuará fuera del tribunal

El proceso judicial decidirá, eventualmente, si habrá otro juicio, un acuerdo, una absolución o una condena. Esa determinación pertenece a los tribunales y debe realizarse conforme a la prueba y al derecho.

Pero existe otro juicio que continuará fuera de la sala.

Tendrá que decidir si la maternidad seguirá siendo representada como una condición donde toda mujer debe sentirse naturalmente plena, agradecida y conectada, o si reconocerá que el embarazo, el parto, la privación del sueño, los cambios hormonales y las enfermedades mentales pueden producir crisis devastadoras.

Y tendrá que decidir si los sistemas de salud pueden limitarse a documentar, medicar y dar de alta, o si tienen la obligación de observar a la paciente dentro de su realidad completa: su hogar, sus hijos, su historial, sus síntomas, sus cambios y la red de personas que intenta sostenerla.

No toda tragedia puede prevenirse. Ningún sistema humano puede garantizar que comprenderá todas las señales. Pero esa limitación no nos autoriza a dejar de aprender de aquello que no comprendimos a tiempo.

El umbral de las dos lágrimas

No necesitamos eliminar el sentimiento para razonar. Necesitamos elevarlo.

El sentimentalismo nos obliga a escoger una sola imagen y convertirla en la totalidad del caso. Mira exclusivamente a los niños y exige castigo sin examinar la enfermedad. O mira exclusivamente a la madre y corre el riesgo de convertir a los niños en figuras secundarias.

La conciencia puede hacer algo más difícil.

Puede mirar los rostros de Cora, Dawson y Callan y reconocer que ninguna explicación disminuirá la pérdida de sus vidas. Puede mirar también el deterioro de Lindsay, su búsqueda de ayuda, sus hospitalizaciones y el conflicto entre especialistas, y reconocer que la maldad no es la única explicación posible.

Puede respetar al jurado precisamente porque sus integrantes se negaron a tratar una decisión irreparable como un trámite. Puede reconocer que una persona disidente tiene derecho a sostener su convicción, pero también que la duda razonable no puede ser admitida verbalmente y luego expulsada del razonamiento.

Puede exigir que la sociedad se proteja sin pedir que una persona enferma sea abandonada dentro de una celda. Puede pedir tratamiento sin confundirlo con impunidad. Puede llorar por los niños y también por la madre que quizá despertó dentro de la conciencia de aquello que había hecho.

La madurez de una civilización no se demuestra cuando resuelve rápidamente aquello que la horroriza. Se demuestra cuando puede permanecer frente a una contradicción dolorosa sin sacrificar la verdad que le resulta más difícil contemplar.

Con este manifiesto no pretendo declarar inocente ni culpable a Lindsay Clancy.

No sustituye al jurado, no diagnostica desde la distancia y no borra los argumentos de la fiscalía. Su propósito es defender un espacio moral que la polarización intenta destruir: el espacio donde la justicia, la medicina y la compasión pueden examinar juntas una tragedia sin competir por el derecho exclusivo a nombrarla.

Porque algunas realidades no pueden comprenderse desde una sola lágrima.


— Malvin El Poeta

El Universo del Centro

Nota de apoyo

Si usted está embarazada, acaba de dar a luz o conoce a una madre que enfrenta depresión, ansiedad, pensamientos perturbadores, desconexión emocional o temor de hacerse daño o hacerle daño a otra persona, pedir ayuda no la convierte en una mala madre.

La Línea Nacional de Salud Mental Materna⁠ ofrece apoyo gratuito y confidencial en español e inglés las 24 horas. Puede llamar o escribir al 1-833-TLC-MAMA (1-833-852-6262). Para una crisis emocional o pensamientos suicidas, puede llamar o escribir al 988⁠. Si existe peligro inmediato, llame al 911.

Fuentes consultadas

Instrucciones oficiales de Massachusetts sobre falta de responsabilidad criminal⁠

Associated Press: momentos centrales del juicio y deliberaciones⁠

Associated Press: historial clínico y diarios presentados como evidencia⁠

Associated Press: jurado estancado y solicitud judicial urgente⁠

Reuters: falta de unanimidad y posible juicio nulo⁠

ABC News: testimonio del doctor Phillip Resnick⁠

The Guardian: evidencia toxicológica y medicamentos⁠

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