Alegato de conciencia, Escritura y expediente inspirado en la defensa de Pablo ante Agripa

Cristo ante una balanza custodiada por Moisés, Alejandro, Cleopatra y filósofos clásicos, símbolo del examen de la fe, la historia y la razón

Axioma:

Cristo no necesita mi defensa

Cristo no necesita que yo lo defienda como se defiende a un acusado incapaz de responder. Soy yo quien debe explicar ante el mundo por qué lo confieso como Cristo y Señor.

Pablo compareció ante el rey Agripa, relató su vida y explicó que estaba siendo juzgado por la esperanza depositada en la promesa de Dios. No presentó una idea construida para escapar de la muerte. Dio testimonio de un acontecimiento que había transformado su existencia: Jesús, el crucificado, estaba vivo. Según Pablo, aquello no contradecía a Moisés y los profetas, sino que revelaba el cumplimiento inesperado de lo anunciado: el Mesías padecería, resucitaría y llevaría luz a Israel y a las naciones.

Yo no comparezco ante Agripa ni reclamo la autoridad ocular de Pablo. Comparezco, en sentido moral y público, ante el tribunal del mundo contemporáneo: ante quienes creen, quienes dudan, quienes pertenecen a otras tradiciones religiosas y quienes no reconocen ninguna.

Mi propósito no es obligar al mundo a creer. Es explicar por qué mi confesión de que Jesús es el Cristo constituye para mí una conclusión consciente, coherente y examinable, aunque no sea una demostración matemática.

Las reglas del tribunal

Un tribunal serio distingue entre el documento, el testimonio, la inferencia y la conclusión. Mi alegato debe hacer lo mismo.

Que Jesús fue crucificado bajo la autoridad de Poncio Pilato pertenece al terreno de la historia. Que sus discípulos afirmaron haberlo encontrado resucitado pertenece al testimonio cristiano primitivo. Que esa resurrección revela su identidad como Mesías y Señor es la conclusión apostólica que el cristianismo proclama.

No debo presentar la conclusión como si fuera el dato inicial. Tampoco debo convertir una palabra aislada en una prueba absoluta.

Las Escrituras no son una colección de frases separadas que pueden sacarse de su contexto para ganar una discusión. Son un expediente compuesto por historias, promesas, poemas, leyes, profecías, testimonios y confesiones que deben leerse en relación.

La fe puede superar lo que la razón alcanza por sí sola, pero no debe exigir que la razón se suicide para poder creer.

La pregunta nació dentro de Israel

La confesión cristiana comienza donde comienza la confesión de Israel:

“El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno” (Deuteronomio 6:4).

La doctrina de la Trinidad no pretende sustituir al Dios único por tres dioses. Intenta expresar que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son distintos sin constituir tres divinidades rivales.

Reconozco que esta formulación requiere explicación. No basta repetirla como una consigna religiosa.

La palabra “hijo” tampoco resuelve por sí sola la identidad de Jesús. En las Escrituras, “hijo de Dios” puede referirse a Israel, al rey ungido o a alguien que recibe una misión particular. Por eso no afirmo que Jesús sea verdadero Dios simplemente porque fue llamado Hijo de Dios.

Llego a esa confesión por el conjunto del testimonio apostólico: su preexistencia, su participación en la obra divina, la autoridad que ejerce, el honor que recibe, su victoria sobre la muerte y la manera en que los primeros cristianos lo incluyeron en su confesión del único Dios.

La pregunta no es solamente qué título recibió Jesús. La pregunta es: ¿quién entendieron sus primeros discípulos que era después de la resurrección?

El Mesías que debía padecer

La cruz fue un problema antes de convertirse en símbolo.

La esperanza mesiánica podía asociarse con justicia, restauración y victoria. Un Mesías humillado, condenado y crucificado parecía representar el fracaso de la promesa. Pablo tuvo que explicar por qué el sufrimiento no anulaba la identidad mesiánica de Jesús.

La lectura cristiana encontró una clave en el siervo sufriente de Isaías 52–53: una figura justa que padece, carga con las faltas de otros y finalmente es vindicada.

Dentro de la tradición judía, el siervo ha sido identificado frecuentemente con Israel, aunque el texto contiene rasgos colectivos, individuales y representativos que han producido una discusión extensa. La defensa cristiana no debe fingir que Isaías pronuncia explícitamente el nombre de Jesús.

Debe mostrar por qué la vida, la muerte y la proclamada resurrección de Jesús llevaron a sus discípulos a reconocer en él la encarnación decisiva de esa figura.

El cristianismo no sostiene que cualquier sufrimiento demuestra la presencia del Mesías. Sostiene que la resurrección reivindicó al crucificado y obligó a sus seguidores a releer el significado de la cruz.

El punto donde todo se decide

La existencia histórica de Jesús y su ejecución no dependen únicamente de documentos cristianos. El historiador romano Tácito menciona que Cristo fue ejecutado durante el gobierno de Tiberio por sentencia de Poncio Pilato.

Esa referencia confirma la ejecución y la existencia temprana del movimiento cristiano; no demuestra la resurrección.

La proclamación de la resurrección procede principalmente del testimonio cristiano.

En 1 Corintios 15:3–8, Pablo transmite una tradición sobre la muerte, sepultura, resurrección y apariciones de Jesús que numerosos investigadores consideran anterior a la redacción de la carta. Esto demuestra que la proclamación surgió muy temprano; por sí solo, no obliga al historiador a aceptar el milagro.

Sin embargo, impide tratar la resurrección como una leyenda inventada siglos después.

Aquí el expediente alcanza su punto decisivo:

No defiendo solamente que un maestro admirable fue ejecutado injustamente. Defiendo la afirmación que sostuvo a la primera comunidad cristiana: Dios levantó al crucificado.

Un argumento no se vuelve vulnerable porque reconozca la objeción del otro; se vuelve intelectualmente defendible cuando puede reconocerla sin abandonar la verdad que sostiene.

Malvin Cabrera Ojeda

Cristo no aparece como un acusado custodiado por la historia y la filosofía. Comparece como la verdad central ante la cual la historia, la ley, la razón y la conciencia también deben rendir testimonio.

Malvin Cabrera Ojeda

CRISTO ANTE EL TRIBUNAL DEL MUNDO CONTEMPORÁNEO

Cómo Jesús entró en la confesión del Dios único

El Salmo 110 presenta al rey sentado a la derecha de Dios. Daniel 7 describe a “uno como hijo de hombre” que recibe dominio y un reino permanente. Estos textos no contienen, palabra por palabra, la posterior formulación trinitaria. Funcionaron como una gramática bíblica mediante la cual los primeros discípulos intentaron comprender la exaltación de Jesús.

Después encontramos afirmaciones todavía más directas.

Juan declara que la Palabra estaba con Dios, era Dios y se hizo carne. Tomás se dirige al resucitado como “Señor mío y Dios mío”. Hebreos atribuye al Hijo lenguaje de eternidad, creación y permanencia.

La terminología doctrinal posterior no inventó desde cero la divinidad de Cristo. Intentó organizar afirmaciones que ya convivían en los documentos cristianos:

Cuando confieso que Jesús es verdadero Dios, no estoy diciendo que su humanidad fuera una apariencia. Jesús es verdaderamente hombre y, según la fe cristiana, la Palabra eterna hecha carne.

El contrainterrogatorio del mundo

Mi alegato debe soportar las preguntas de quienes no comparten mi conclusión.

Ante el lector judío

No le pediría abandonar al Dios de Israel para adorar a otro.

Le presentaría a Jesús dentro de la historia de Israel: como el Mesías que los primeros discípulos reconocieron después de su muerte y de aquello que afirmaron haber experimentado como su resurrección.

No ocultaría que Isaías 53, el Salmo 110 y Daniel 7 poseen interpretaciones judías que no identifican sus figuras con Jesús. La controversia real se encuentra en la interpretación de esos textos y en la credibilidad del testimonio de la resurrección.

Ante el lector musulmán

Árabe no significa musulmán. Existen comunidades árabes cristianas que llaman a Dios Allah, porque esa es la palabra árabe para Dios.

El Corán honra a Jesús como Mesías, hijo de María, mensajero y palabra procedente de Dios, pero rechaza que sea comprendido como una persona de la Trinidad. También presenta, según su interpretación mayoritaria, una negación de que Jesús fuera efectivamente crucificado.

Esta diferencia no puede ocultarse bajo un lenguaje amable.

El testimonio apostólico sostiene que Jesús fue crucificado, murió y resucitó; la lectura islámica tradicional rechaza una parte esencial de esa secuencia.

El respeto no exige declarar compatibles testimonios que se contradicen. Exige presentar la diferencia sin caricaturizar al otro y permitir que el expediente sea examinado.

Ante el ateo y el agnóstico

No comenzaría exigiéndoles que acepten la Biblia como autoridad divina. Comenzaría separando las afirmaciones históricas de las conclusiones teológicas.

Podemos investigar la existencia de Jesús, su crucifixión, el surgimiento temprano de la proclamación pascual y la transformación de sus seguidores. Después debemos considerar las explicaciones posibles.

El historiador puede establecer que los discípulos creían que Jesús había resucitado. Determinar si realmente ocurrió la resurrección requiere una valoración que alcanza los límites entre historia, filosofía y fe.

No llamaría “prueba científica” a lo que no puede repetirse en un laboratorio. Pero tampoco descartaría anticipadamente un acontecimiento solamente porque, si ocurrió, obligaría a reconsiderar nuestra comprensión de la realidad.

Ante el Testigo de Jehová

Reconozco el terreno compartido. Los Testigos de Jehová confiesan a Jesús como Hijo de Dios, Mesías y medio de salvación, pero rechazan que sea el Dios Todopoderoso y no aceptan la Trinidad.

La diferencia debe discutirse honestamente.

Existen textos que distinguen al Padre del Hijo y expresan una subordinación relacionada con la misión de Jesús, como Juan 14:28 y 17:3. La defensa trinitaria no debe esconderlos.

Debe leerlos junto con Juan 1:1–14, Juan 20:28, Filipenses 2:5–11, 1 Corintios 8:6 y Hebreos 1.

La pregunta es si esa distinción significa que el Hijo pertenece al orden de las criaturas o si expresa una relación personal dentro de la identidad del Dios único.

Cristo ante pueblos y naciones

El cristianismo cruzó fronteras culturales, lingüísticas y nacionales.

Sin embargo, su expansión no demuestra automáticamente su verdad. Una religión puede extenderse mediante el testimonio y el servicio, pero también puede hacerlo mediante el poder político, la conquista o la imposición.

Por eso no puedo utilizar el tamaño de una institución como prueba de que representa fielmente a Cristo.

La promesa de llevar luz a las naciones no autorizó al cristianismo a dominar pueblos ni a convertir la cruz en instrumento de poder. Allí donde la institución contradijo el carácter de Jesús, debe ser juzgada a la luz del mismo Cristo que afirmó representar.

La verdad del Evangelio no depende de la inocencia histórica de todos los cristianos. Pero la credibilidad pública del cristianismo sí queda herida cuando sus instituciones proclaman a Cristo con los labios mientras niegan su justicia con sus actos.

El expediente y la conciencia

La conciencia no reemplaza al expediente. Lo interpreta, responde ante él y decide qué hacer con sus conclusiones.

La experiencia religiosa puede reconocer preguntas, intuiciones y búsquedas de Dios en tradiciones distintas. Pero los documentos no son intercambiables. El Pentateuco forma parte de las Escrituras bíblicas; el Nuevo Testamento formula su testimonio sobre Jesús; el Corán presenta afirmaciones posteriores que coinciden en algunos puntos y contradicen otras conclusiones cristianas.

Cuando los testimonios son incompatibles, la reverencia no elimina el examen: lo hace necesario.

Desde mi fe, sostengo que la búsqueda de Dios alcanza en Jesucristo su revelación decisiva: el rostro de Dios hecho carne. No afirmo que esta conclusión pueda imponerse por la fuerza ni que quien discrepe carezca de inteligencia o sinceridad.

El veredicto que no puedo imponer

Pablo podía declarar su esperanza ante Agripa, pero no podía decidir por Agripa.

Yo tampoco puedo dictar el veredicto de quien me escucha.

Puedo presentar los documentos, distinguir el testimonio de la inferencia, reconocer las objeciones y explicar por qué creo. Después, cada persona deberá responder desde su propia conciencia.

Mundo contemporáneo: no confieso a Cristo porque una palabra aislada haya resuelto el misterio. Lo confieso porque sus primeros discípulos proclamaron que el crucificado había resucitado; porque esa proclamación apareció desde el origen del movimiento; porque aquellos discípulos releyeron las Escrituras de Israel a la luz de ese acontecimiento; y porque llegaron a incluir a Jesús en su confesión del Dios único.

El cristianismo no anuncia que el Dios de Israel fue reemplazado. Anuncia que el Dios único se acercó en su Hijo.

No digo que una fórmula humana pueda agotar ese misterio. Digo que, en Jesús, la carne no ocultó a Dios: fue el lugar donde el Dios invisible decidió dejarse encontrar.

Por eso digo Mesías.

Por eso confieso que Jesús es el Cristo: verdadero hombre y verdadero Dios.

Y por eso no le pido al mundo que apague su pensamiento. Le pido que abra el expediente, examine el testimonio y no cierre el caso antes de escuchar a sus primeros testigos.

Y aquí tengo una máxima ganada:


— Malvin Cabrera Ojeda – Malvin EL Poeta

El Centro: Filosofía en Movimiento


Textos y fuentes para ampliar el examen

Deuteronomio 6:4; Salmo 110:1; Isaías 52:13–53:12; Daniel 7:13–14; Mateo 1:23; Juan 1:1–14, 14:28, 17:3 y 20:28; Hechos 17:2–3 y 26:1–23; Romanos 10:9; 1 Corintios 8:6 y 15:3–8; Filipenses 2:5–11; Hebreos 1:1–12; Corán 4:157 y 4:171; Tácito, Anales 15.44; documentos doctrinales oficiales de los Testigos de Jehová.


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