Job 42, la oración del herido y la comunidad que volvió a su casa

Axioma:

El límite que Job reconoció

Hace unas noches bajé de mi oficina con dos libros en las manos: la Biblia y La República de Platón. Venía leyendo a Sócrates desde las preguntas que la Teoría del Servido continúa provocándome, pero también deseaba regresar a la Escritura como lo he hecho durante toda mi vida: no solamente para investigar, sino para permanecer a los pies del Señor.

Cuando abrí la Biblia llegué al capítulo 42 de Job. Era un texto que había leído muchas veces, en distintas etapas de mi vida y desde diferentes versiones. Sin embargo, aquella noche ocurrió algo que continúa sorprendiéndome cada vez que regreso a la Palabra: un capítulo conocido dejó de parecerme concluido.

No habían cambiado sus versículos. Había cambiado el lugar desde el cual yo los estaba escuchando.

Tal vez por venir de leer acerca de Sócrates, la justicia y los guardianes; tal vez por encontrarme pensando en el servido, el servidor y la responsabilidad de quien juzga; o quizá porque la conciencia reconoce nuevas profundidades cuando Dios decide volver a conducirla sobre un camino antiguo. Lo cierto es que Job 42 comenzó a mostrarme elementos que anteriormente no había contemplado juntos: el reconocimiento del límite, la corrección de Elifaz, la oración del herido, el regreso de la comunidad, las monedas y los ornamentos de oro.

Después de escuchar a Dios, Job comprende que había hablado acerca de cosas demasiado maravillosas para su conocimiento. No niega su sufrimiento. Tampoco declara que las acusaciones de sus amigos fueran correctas. Reconoce que el dolor lo había llevado a intentar explicar desde su experiencia inmediata una realidad cuya totalidad no podía contemplar.

Se arrepiente de haber pretendido interpretar la totalidad desde el lugar limitado de su sufrimiento.

En el versículo 6 existe una riqueza lingüística que ha producido diferentes traducciones. Job puede estar retractándose, arrepintiéndose, rechazando sus palabras o encontrando consuelo en medio del polvo y la ceniza. Pero todas estas posibilidades convergen en un mismo movimiento espiritual: el hombre deja de exigir que Dios quepa dentro de su explicación.

No es necesario dominar todos los significados posibles del hebreo para reconocer ese movimiento. El lenguaje nos permite examinar el texto; pero es el conocimiento de la conciencia de Dios —manifestada desde el Génesis hasta el Apocalipsis y experimentada en el trato personal— lo que nos permite reconocer el camino del arrepentimiento.

Job no recibe una explicación completa de su tragedia.

Y cuando la conciencia contempla algo superior a su propia interpretación, puede abandonar una explicación sin abandonar la fe.

El Dios que había escuchado el silencio

Al principio del libro, Dios pregunta al acusador si había considerado a su siervo Job. Antes de que Job conociera la prueba, Dios ya había pronunciado un voto de confianza sobre su conciencia.

Después llegaron la pérdida, la enfermedad, el silencio y las palabras de sus amigos. Job se quejó. Preguntó. Lamentó haber nacido. En algunos momentos habló desde una herida que parecía haber ocupado la totalidad de su horizonte.

Sin embargo, el silencio de Dios nunca significó ausencia.

Esta verdad transforma la lectura del libro. Job no estuvo pronunciando sus lamentos ante un universo vacío. Cada pregunta, cada protesta y cada palabra nacida desde la ceniza fue escuchada por el mismo Dios que había defendido su integridad antes de que comenzara la prueba.

Por eso, cuando Dios finalmente habla, no comparece como alguien que acaba de enterarse del sufrimiento. Habla como quien ha estado presente durante todo el proceso.

Cuando Dios corrigió al que hablaba en su nombre

Después de dirigirse a Job, Dios habló a Elifaz el temanita. No convocó públicamente a toda la comunidad ni repitió individualmente la instrucción a cada amigo esto me llamó mucho la atención. Se dirigió a Elifaz y le ordenó que, junto con Bildad y Zofar, presentara un sacrificio y acudiera a Job.

El texto no me permite afirmar que Elifaz ejerciera permanentemente un oficio profético. Pero sí me muestra algo extraordinario: Elifaz recibió directamente una corrección de Dios, la comprendió y obedeció.

Esto nos obliga a realizar una distinción fundamental.

  • Escuchar a Dios en un momento no convierte en infalible todo lo que una persona haya dicho anteriormente en su nombre.

Elifaz había construido discursos religiosos. Había defendido una interpretación aparentemente ordenada de la justicia divina. Según su razonamiento, el inocente prosperaba y el culpable sufría. Por tanto, si Job padecía una calamidad tan grande, debía existir una culpa equivalente.

Su sistema parecía proteger la justicia de Dios, pero terminó acusando falsamente al hombre herido.

Dios mismo declaró que Elifaz y sus amigos NO habían hablado rectamente acerca de Él como lo había hecho Job. Aquellos hombres intentaron defender a Dios sin conocer plenamente su conciencia. Job, en cambio, discutió con Dios desde una relación verdadera, aunque limitada por el dolor.

La corrección divina no destruyó a Elifaz. Le concedió un camino de reparación.

Dios no le pidió que elaborara otro discurso.

La oración que devolvió la dignidad

La primera restauración de Job no consistió en recibir ovejas, camellos o riquezas. Comenzó cuando Dios colocó a sus acusadores delante de él y anunció que escucharía su oración.

La expresión hebrea comunica la idea de que Dios aceptaría o levantaría el rostro de Job.

Aquel hombre cuyo rostro había sido deformado por la enfermedad y cuya dignidad había sido reducida por las acusaciones volvió a ser reconocido públicamente por Dios.

Job ya había ejercido la intercesión al principio del libro. Oraba y ofrecía sacrificios por sus hijos. Al final, su ministerio se amplía: ahora debe interceder por quienes habían convertido su sufrimiento en evidencia de culpabilidad.

Esta oración no fue una formalidad religiosa. Para pronunciarla, Job tuvo que impedir que la herida se transformara en identidad. Tuvo que presentarse delante de Dios sin permitir que sus amigos quedaran encerrados para siempre dentro de las palabras equivocadas que habían pronunciado.

Los amigos llevaron el sacrificio.

Job aportó la oración.

Dios recibió ambas cosas y cerró la distancia que la acusación había creado.

Las dos comunidades que tuvieron que regresar

En el epílogo aparecen dos círculos distintos de restauración.

El primero está compuesto por Elifaz, Bildad y Zofar. Ellos debían reparar una falsedad teológica. Habían hablado incorrectamente acerca de Dios y habían utilizado esa interpretación para juzgar a Job. Su regreso requirió sacrificio, obediencia e intercesión.

El segundo círculo aparece cuando los hermanos, las hermanas y quienes habían conocido anteriormente a Job llegaron hasta su casa. Comieron con él, lo consolaron por las calamidades vividas y cada uno le entregó una moneda —una quesitá— y un ornamento de oro.

El texto no afirma que toda la ciudad participara ni explica si los regalos respondían a una costumbre establecida o a un acuerdo particular. Sin embargo, presenta una acción coordinada: cada visitante llegó con una aportación semejante y se sentó alrededor de una misma mesa.

Comieron en su casa, reconocieron su dolor y participaron materialmente de su restauración.

La repetición del regalo expresa una responsabilidad distribuida. Ninguna persona tuvo que reconstruir por sí sola todo lo que se había perdido, pero cada una aceptó que debía aportar algo.

Job no se convirtió literalmente en el señor de los anillos.

Se convirtió en algo más profundamente humano: el hombre a cuya casa regresaron quienes se habían distanciado, llevando en sus manos la evidencia de que ya no deseaban contemplar su dolor desde lejos.

La comunidad restaurada alrededor del herido

Existe aquí una convergencia hermosa con Hechos 2. No son acontecimientos idénticos, pero comparten una estructura espiritual: reunión, comunión, mesa, propósito compartido y una respuesta material que impide que la experiencia de Dios permanezca reducida a palabras.

En Job 42, la restauración no ocurre únicamente dentro del cuerpo o de la propiedad de un hombre. También ocurre en las relaciones que habían sido alteradas por su tragedia.

Los amigos aprenden que no toda doctrina aparentemente correcta expresa correctamente la conciencia de Dios.

La familia aprende que el sufrimiento no debe observarse desde la distancia.

Los conocidos descubren que consolar requiere entrar en la casa.

Job aprende que todavía puede orar por quienes NO supieron acompañarlo.

Y la comunidad aprende que el dolor de uno de sus miembros no es un espectáculo privado, sino una herida ante la cual todos deben preguntarse qué pueden llevar.

Por eso la restauración de Job no puede reducirse a una fórmula según la cual quien soporta una prueba recibirá el doble de sus posesiones.

La riqueza aparece al final, pero antes de ella ocurren la vindicación, la oración, el reencuentro, la mesa y la consolación.

Dios no restauró solamente a Job delante de su comunidad.

El Dios que trata individualmente sin dejar de ser el mismo

La relación de Dios con Job no fue idéntica a su relación con Elifaz. A Job lo confrontó desde el torbellino. A Elifaz lo corrigió mediante una instrucción.

A los otros amigos los condujo por medio de la palabra que Elifaz recibió. A la comunidad la movió hacia la casa del hombre herido

El trato fue individual, pero la conciencia que produjo cada movimiento fue la misma.

Dios se individualiza para tratar con cada ser humano sin fragmentar su carácter.

La forma de su intervención puede variar; su justicia, su misericordia y su verdad permanecen.

Por eso la experiencia personal no tiene que competir con el texto, ni el texto necesita negar el testimonio.

La relación puede expresarse mediante una vigilancia recíproca:

Yo no conozco a Dios únicamente como un concepto hermenéutico.

Lo he conocido a sus pies. En mis altas y en mis bajas. En la corrección, en el silencio, en la misericordia y en las ocasiones en que tuve que reconocer que había hablado acerca de cosas que todavía no comprendía.

Aquí no habla solamente Malvin El Poeta.

Habla Malvin Cabrera: un hombre que ha vivido delante del Señor y que ha aprendido que la conciencia de Dios no se descubre desde la superioridad, sino desde la permanencia a sus pies.

Job terminó sus días rodeado de generaciones. Pero su verdadera restauración comenzó antes de que sus bienes fueran multiplicados. Comenzó cuando reconoció su límite, cuando Dios defendió públicamente su integridad y cuando las personas que se habían alejado volvieron a entrar en su casa.

Pero, sobre todo, llegaron.

Máxima:


-Malvin El Poeta

El Universo del Centro

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