Dan Caine, Mari Carmen Zapata y la institución que distribuye la decisión antes de concentrar la responsabilidad

Axioma:
- Cuando la autoridad desciende fragmentada, la última persona de la cadena puede recibir completa una responsabilidad que nunca controló completa.
La vida que pudo vestir uniforme
Cuando tenía alrededor de trece años conocí a Joelia, una joven de mi edad que había viajado a Puerto Rico para visitar a sus primas. Fue uno de aquellos amores de verano que parecen pequeños cuando se contemplan desde la adultez, pero que para dos adolescentes pueden contener una vida completa.
Joelia me dijo que su padre trabajaba para el Servicio Secreto de Estados Unidos.
Según lo recuerdo, quería que, al cumplir dieciocho años, ingresara a las Fuerzas Armadas, viajara a Estados Unidos y pudiera comenzar una vida junto a ella.
Años después, su padre llegó a comunicarse conmigo para hablar de aquella posibilidad.
Yo se lo conté a mi papá.
—No, tú no vas para ningún lado —me respondió.
Era demasiado joven para comprender el tamaño de la decisión. Joelia y yo volvimos a hablar algunas veces, pero la vida tomó otro camino. Me enamoré, formé una familia y levanté en Puerto Rico una tienda llamada CM Universal Tile, que sostuve hasta 2017.
Sin embargo, mi interés por servir no había comenzado con aquel amor de verano.
Cuando tenía aproximadamente doce años, una maestra a quien recuerdo como Miss Rosa administró unas evaluaciones entre varios estudiantes. Mónica y yo obtuvimos dos de las puntuaciones más altas. Fuimos escogidos para pasar una semana en una instalación cuyo nombre recuerdo como Ramey. Allí recibimos cursos y conocimos parte de la vida dentro de aquella estructura.
- Yo era un niño, pero ya imaginaba que las capacidades que Dios me había concedido podían ponerse al servicio de algo mayor que yo. Pensaba en Estados Unidos, pero también pensaba en Puerto Rico.
Para mí no eran dos lealtades separadas. Imaginaba que podía proteger a mi isla sirviendo dentro de la estructura nacional de la cual Puerto Rico también dependía.
Nunca vestí aquel uniforme.
- Mi vida continuó por otras rutas. No obstante, la pregunta sobre el servicio regresó muchos años después por medio de mi propia familia.
La familia también entra
Cuando el esposo de mi sobrina Yabeli decidió ingresar a las Fuerzas Armadas, le agradecí su disposición de servir a nuestro país. También le advertí algo que considero indispensable:
Cuando una persona entra al servicio militar, no entra sola.
Su esposa y sus hijos comienzan a vivir bajo los horarios, traslados, ausencias, peligros y decisiones de la institución.
Ahora Yabeli está próxima a dar a luz a su segundo hijo. Regresó a Florida desde una base militar en Texas antes de que su esposo partiera a una asignación de aproximadamente nueve meses fuera del país.
Él viste el uniforme, pero su familia también sirve.
La institución recibe al militar como servidor. Desde el momento en que lo incorpora, sin embargo, él, su esposa y sus hijos se convierten también en servidos de esa institución. Necesitan información, vivienda, atención médica, estabilidad, comunicación, protección y la posibilidad de que el soldado regrese.
En una conversación conmemorativa por los veinticinco años del 11‑S, el general Dan Caine también reconoció el servicio de las familias militares. El uniforme identifica a quien presta juramento, pero no alcanza a mostrar a todos los que cargan sus consecuencias.
La responsabilidad militar no termina en quien jura. Su alcance entra a la casa, duerme junto a la esposa y se sienta a la mesa con los hijos.
El piloto que recibió la guerra
Dan Caine es actualmente el presidente del Estado Mayor Conjunto, el militar de mayor rango de Estados Unidos y principal asesor militar del presidente. Así lo identifica su biografía oficial del Departamento de Defensa.
El 11 de septiembre de 2001 no ocupaba aquella posición.
Era jefe de Armas y Tácticas del 121.º Escuadrón de Cazas de la Guardia Nacional Aérea del Distrito de Columbia, estacionado en la Base Aérea Andrews. Después de observar el impacto del segundo avión contra las Torres Gemelas, llamó al área donde se conservaban misiles de emergencia y ordenó que fueran preparados.
Estados Unidos estaba bajo ataque.
Sin embargo, el cielo sobre Washington no contenía la estructura integrada de mando que podríamos imaginar al contemplarlo veinticinco años después.
Caine lo expresa directamente: no había un AWACS organizando la operación y no existía un sistema completo de mando y control. Los pilotos tendrían que salir, observar, identificar y decidir dentro de una amenaza que todavía nadie comprendía en su totalidad.
La institución poseía aviones, pilotos, radares, misiles, generales, protocolos y autoridad presidencial.
Tenía una enorme capacidad nominal.
Lo que todavía no tenía era una capacidad integrada capaz de colocar la información correcta, la orden correcta y la responsabilidad correcta dentro de la misma cabina.
La orden que descendió por otra ruta
El Informe de la Comisión del 11‑S documentó dos cadenas diferentes sobrevolando Washington.
Los cazas de Langley respondían a NORAD. Sus pilotos no habían recibido autorización para derribar aeronaves. De hecho, a las 10:10 de la mañana recibieron una instrucción negativa: no tenían permiso para disparar.
Los cazas de Andrews salieron por otra ruta.
La Casa Blanca había comunicado la necesidad de proteger la capital.
La información llegó al Servicio Secreto, y un agente sostuvo simultáneamente una línea con el general David Wherley y otra con un agente en la Casa Blanca. Desde allí se transmitían instrucciones atribuidas al vicepresidente.
Wherley recibió la orden de proteger la Casa Blanca y destruir cualquier aeronave que amenazara el Capitolio. Después tradujo aquella instrucción al lenguaje militar:
Weapons free.
La Comisión explica el significado: la decisión de disparar quedaba dentro de la cabina del piloto principal.
Al mismo tiempo, el presidente y el vicepresidente no sabían que los cazas de Andrews habían despegado mediante una solicitud del Servicio Secreto y fuera de la cadena militar ordinaria. NORAD y el Centro Nacional de Mando Militar tampoco sabían que aquellos aviones estaban en el aire bajo reglas de enfrentamiento distintas.
Había pilotos sobre una misma ciudad, respondiendo a una misma amenaza y operando bajo instrucciones diferentes.
Eso hace todavía más profunda la fragmentación.
Si un avión comercial hubiera sido derribado
El expediente habría podido describir la decisión de esta manera:
- El presidente concedió la autorización general.
- El vicepresidente confirmó o transmitió la decisión.
- El Servicio Secreto comunicó la amenaza.
- Wherley interpretó la orden.
- El piloto identificó el avión.
- El piloto apretó el gatillo.
Cada participante habría podido explicar su fragmento.
Pero el piloto habría visto desaparecer el avión delante de sus ojos.
La decisión se distribuyó durante su formación, pero se concentró moralmente durante su ejecución.
En los documentos habría aparecido una cadena de autoridades. En la conciencia del piloto habría permanecido una sola imagen:
Yo disparé.
Y si después se hubiese descubierto que la aeronave no estaba secuestrada, habrían comenzado las explicaciones fragmentadas:
- “Yo solamente autoricé actuar contra aeronaves hostiles”.
- “Yo comuniqué la instrucción que recibí”.
- “Yo interpreté las reglas de enfrentamiento”.
- “Yo confié en la identificación”.
- “Yo protegí la capital”.
Todas esas afirmaciones podrían haber contenido una parte de verdad mientras la totalidad quedaba huérfana.
Wherley les aseguró a los pilotos que confiaba en ellos y que los respaldaría. No tengo razón para dudar de la intención de aquel general.
Pero una promesa personal, por honorable que sea, no constituye todavía una garantía institucional.
Si un piloto hubiera derribado por error una aeronave comercial llena de civiles, ¿la institución habría protegido su honor, su carrera, su familia y su conciencia con la misma firmeza con que le pidió protegerla?
No podemos saber si Dan Caine ocuparía hoy la presidencia del Estado Mayor Conjunto bajo aquel escenario. Ese futuro nunca ocurrió.
Pero sí podemos reconocer el riesgo que recibió.
El piloto podía proteger a toda la institución mientras la institución todavía no había demostrado que podía proteger completamente al piloto.
El servido sin juramento
El vuelo 93 cayó antes de que aquella autorización pudiera alcanzarlo.
Los pasajeros no habían jurado defender la Constitución. No vestían uniforme, no tenían mando militar y no habían recibido autoridad gubernamental. Eran los servidos de la seguridad aérea.
Mediante llamadas telefónicas conocieron lo ocurrido en Nueva York. Comprendieron que su secuestro no buscaba una negociación y que el avión había sido convertido en arma.
Entonces se levantaron.
La Comisión concluyó que sus acciones salvaron innumerables vidas y posiblemente impidieron la destrucción del Capitolio o de la Casa Blanca.
Los pasajeros no consiguieron salvarse, pero protegieron a la nación que no había conseguido llegar a tiempo para protegerlos.
El servido se convirtió en servidor, protector, proyectil de resistencia y mártir.
El servido sin haber jurado terminó defendiendo al sistema, al Capitolio, a la Casa Blanca y al presidente porque todavía creía —aun desde su vulnerabilidad— que aquella nación merecía levantarse nuevamente y recuperar la capacidad de servir.
No estoy buscando mala intención
Tal vez por eso, cuando investigo las fallas institucionales, no comienzo suponiendo que todos los servidores actuaron con mala intención.
He encontrado otra cosa.
Muchos cumplen responsablemente hasta el límite de la función que recibieron. El problema aparece cuando cada persona protege solamente su fragmento y supone que alguien situado más adelante reconstruirá la totalidad.
- Un agente recopila la información.
- Otro la transmite.
- Un supervisor la evalúa.
- Una oficina la codifica.
- Otra institución recibe solamente una parte.
Finalmente, alguien tiene que decidir.
El servidor no necesariamente fracasa porque no quiera servir. Puede fracasar porque la institución limitó su visión al fragmento que le asignó.
Por eso sostengo:
El servidor es una consecuencia del servido.
No creamos soldados para que exista el Ejército. No creamos policías para que exista la Policía. No creamos funcionarios, contratos, agencias ni leyes para que la institución pueda reproducirse.
Creamos esas funciones porque alguien necesitaba ser protegido.
Puerto Rico bajo la misma arquitectura
No estoy equiparando la posible destrucción de un avión comercial con la firma de un contrato. Las consecuencias humanas, jurídicas y materiales son distintas.
Lo que comparo es la arquitectura.
- En La hoguera documental encontré información, autoridad y responsabilidad recorriendo rutas diferentes dentro del contrato de Power Expectations.
- En ¿Quién es “Jhoby Weaks”? examiné la identidad y autoridad cuestionada del hombre que apareció firmando en representación de Enchanted Rock.
- En el adéndum sobre 3PPO observé que la oficina que recomendó la selección terminó examinando la posible invalidez de un documento que había atravesado su propio procedimiento.
- Después, en La puerta sin cerrajero, apareció una instrucción atribuida periodísticamente a Josué Colón para asegurar que el contrato se firmara y se radicara ante el contralor.
La información disponible todavía no permite determinar todo lo que Josué Colón sabía cuando envió aquel mensaje ni la naturaleza exacta de las reservas que había expresado Mari Carmen Zapata.
Pero el recorrido provisional merece investigación.
El documento oficial de la Junta de Supervisión establece que el contrato, con un valor potencial de aproximadamente $5,900 millones durante diez años, fue ejecutado el 10 de junio de 2026 para producir 400 megavatios. También establece que Enchanted Rock era determinante para que el consorcio demostrara capacidad técnica y financiera.
Posteriormente, Enchanted Rock afirmó que no formaba parte del proyecto y que su nombre y firma habían sido utilizados sin autorización. La Junta revocó su aprobación, ordenó la terminación y refirió la controversia a las autoridades correspondientes.
La alegación sobre la firma no ha sido adjudicada definitivamente. Pero el resultado institucional sí puede observarse:
Muchas oficinas participaron. Muchos documentos circularon. Muchas autoridades intervinieron. Los 400 megavatios no llegaron al servido.
Mari Carmen Zapata: el servido vestido de institución
Mari Carmen —Mary C.— Zapata aparece como directora ejecutiva de la Autoridad de Energía Eléctrica y como la persona cuya firma formalizó el contrato por parte de PREPA.
Su cargo podía hacerla parecer la institución completa.
- Pero ninguna persona es una institución completa.
Para ejercer responsablemente su autoridad, necesitaba recibir información íntegra sobre Enchanted Rock, una verificación independiente de la autoridad atribuida a Weeks, asesoramiento jurídico confiable, conocimiento de las advertencias existentes y capacidad práctica para detener el proceso si las condiciones no estaban satisfechas.
También necesitaba estar protegida frente a cualquier presión que pretendiera convertir la urgencia energética en sustituto de la verificación.
En esa relación, la directora ejecutiva también podía convertirse en servida de la estructura que encabezaba.
Esto no la absuelve.
Tampoco la condena.
Obliga a determinar:
- qué información recibió;
- qué sabía sobre Enchanted Rock;
- qué reservas manifestó;
- por qué no quería firmar mediante DocuSign;
- quién respondió a sus objeciones;
- qué instrucción llegó hasta ella;
- qué autoridad real tenía para negarse;
- quién aseguró que la firma podía continuar.
Su firma hizo visible el contrato. No necesariamente produjo por sí sola toda la voluntad que condujo hasta él.
La institución pudo vestir a una persona con su autoridad, colocar su firma al final del documento y hacerla parecer autora de una decisión construida por muchos.
El poder que no firma
En Washington apareció el poder que no dispara.
El presidente autorizó. El vicepresidente transmitió. El Servicio Secreto comunicó. El general interpretó. El piloto quedó ante el acto final.
En Puerto Rico aparece provisionalmente el poder que no firma.
Unas oficinas seleccionaron. Otras evaluaron. Algunas aprobaron. Distintos funcionarios conocieron fragmentos. Alguien impulsó que el contrato se formalizara. Mari Carmen Zapata colocó la firma visible.
- El misil habría identificado al piloto.
- El contrato identifica a la firmante.
Pero ni el disparo hipotético habría nacido completamente dentro de la cabina ni la voluntad contractual nació necesariamente en la mano que firmó.
Aquí aparece un posible concepto para el laboratorio, todavía sujeto a prueba:
Responsabilidad terminal: situación en la que la información, la influencia y la construcción de una decisión permanecen distribuidas, pero el peso institucional y moral de ejecutarla se concentra en la última persona de la cadena.
La transparencia que necesita otra ley
Puerto Rico posee la Ley 141-2019 de Transparencia y Procedimiento Expedito para el Acceso a la Información Pública.
La propia ley reconoce que la información producida por el gobierno pertenece a la memoria del pueblo. Ordena que el acceso sea ágil, económico, completo, procesable y disponible en formatos accesibles. También establece que las entidades deben divulgar proactivamente información sobre su funcionamiento, sus acciones y los resultados de su gestión.
Sin embargo, una ley de transparencia puede administrar el acceso sin producir todavía comprensión.
El ciudadano puede recibir miles de páginas, resoluciones, contratos, correos, anejos y versiones. Puede recibir información formalmente pública y continuar sin saber quién conoció la advertencia, quién tenía autoridad para detener, quién impartió la instrucción y por qué la responsabilidad terminó sobre una sola firma.
Máxima:
- La transparencia legal puede convertirse en opacidad práctica cuando el ciudadano recibe todos los fragmentos, pero nadie le permite recorrer la totalidad.
No basta con publicar el expediente.
Hay que permitir que el servido lo comprenda.
Eso es Humanismo Institucional: la publicación no alcanza su propósito cuando el poder entrega documentos, sino cuando el ciudadano puede comprenderlos, interrogarlos y recorrerlos hasta encontrar a la persona para quien fueron producidos.
La institución todavía puede levantarse
Yo no escribo esto porque haya dejado de creer en las instituciones.
- Escribo precisamente porque todavía creo que pueden corregirse.
Los pasajeros del vuelo 93 defendieron una nación que no consiguió protegerlos a tiempo. Los pilotos despegaron para defender una capital mientras el sistema de mando todavía estaba reconstruyendo su propia conciencia. Los servidores públicos de Puerto Rico continúan trabajando dentro de estructuras que muchas veces les entregan funciones parciales y responsabilidades completas.
El servido sostiene la institución mediante su trabajo, sus impuestos, su voto, su confianza y, en ocasiones extremas, mediante su propia vida.
Por eso la institución no puede responderle únicamente:
- “Yo cumplí con la parte que me correspondía”.
Tiene que reconstruir el recorrido completo.
En Washington, la pregunta era quién podía proteger a la nación sin abandonar al piloto dentro de la cabina.
En Puerto Rico, la pregunta es quién protegió al pueblo, quién protegió a la firmante y quién produjo la voluntad que su firma terminó haciendo visible.
Porque cuando el contrato cayó, Puerto Rico no recibió los 400 megavatios.
- Recibió otra investigación.
- Recibió otra disputa.
- Recibió más documentos.
Y volvió a quedar esperando.
Máxima final
- El piloto habría cargado el disparo y la firmante carga el contrato. Pero antes del misil y antes de la firma existió una cadena de autoridades que participó en la decisión sin aparecer completa en el acto final. La institución parece colectiva mientras decide y se convierte en una sola persona cuando llega el momento de responder.
— Malvin El Poeta
El Universo del Centro



